miércoles, 29 de julio de 2009

El quinto insulto



Era una mañana nublada clásica de verano. En las calles se veía poco movimiento debido a que los niños continúan de vacaciones... fue entonces cuando pedí mi taxi.

El chofer en esta ocasión era un hombre de edad avanzada. En sus manos las venas resaltadas y las flores de sepultura se podían ver notoriamente. El auto era un tsuru, igual de descuidado que nuestro viejo amigo, que llevaba la barba crecida de dos o posiblemente tres días. Los lentes le cubrían gran parte de la cara y eran de esos que estuvieron de moda hace algunos años que eran obscuros además de tener su aumento bifocal.

El anciano (me atrevo a llamarlo así porque seguro que pasaba de los 70 años) comenzó a maldecir en el primer semáforo. En esa oportunidad atendió a un par de peatones que osaron cruzarse con la luz roja. Después de las groserías las quejas continuaron. Comenzó por decirme que la chamba estaba jodida, que no creía posible que apenas pudiera sacar 100 pesos al día conduciendo el taxi. –Son chingaderas- me dijo algo molesto. No puedo pagar la gasolina – agregó. Sin duda alguna el periodo de vacaciones es el más flojo para los amigos del volante que ven en los escolares y en sus padres o quienes quiera sean los que los lleven a la escuela a sus principales clientes para tener una mañana “movida”.

La segunda maldición se la ganó un Mercedes blanco. El auto de lujo iba conducido –al menos eso creo- por el propietario ya que iba bien vestido con traje y lo que aparentemente era una corbata de diseñador, de esas que se pueden conseguir en Masarik a precios extraorbitantes. –Pinches riquillos- me dijo- se creen los dueños de la calle –continuó- van manejando por la calle y quieren que todos nos quitemos, finalizó un tanto molesto.

Su manera de manejar era por demás lenta, entendible para un hombre de la edad que aparentaba. Sus manos temblaban mientras manejaba y a mí, me dio miedo. Miedo no de que me dijera una grosería, sino porque de verdad, el temblor de sus manos era más que evidente. Y el temblor al volante no es un buena señal.

Al llegar al semáforo de Eje 6 Ángel Urraza esquina con Providencia, el hombre divisó a una mujer más que atractiva en la esquina, posiblemente esperando el transporte público. Con su mano temblando, bajó el cristal de su auto y le gritó un piropo que no puedo escribir. No sé si en ese momento solté una risa. Estaba sorprendido de la cantidad de improperios que este hombre tenía en su repertorio. Porque dicho sea de paso en su conversación decía más majaderías que palabras de más de diez letras. La mujer al escuchar el piropo del chofer volteó hacia el taxi y le hizo una seña al chofer levantando firmemente el dedo de en medio de su mano derecha en dirección al taxi. En este momento estoy seguro que si solté una risa. El anciano volteó a verme y los ojos detrás de esos enormes lentes de aumento obscurecidos parecían atacarme, estaba indefenso. –Vieja Pendeja- me dijo. Ya ni la friega, porque se pone esa ropa si se va a poner así si alguien le dice un piropo.

El chofer avanzó al escuchar el claxon del auto de atrás que exigía que mi taxi se moviera. El hombre detrás del volante se tardó en volver a arrancar. Fue entonces cuando al continuó con su charla sobre la falta de trabajo en el verano, y entonces fue cuando los políticos de llevaron su cuarta maldición. No puedo creer que hayan hecho eso que hicieron con las clases (no tenía idea de a qué se refería, digo después de la influenza las autoridades alargaron las clases) ya ni la amuelan malditos políticos.

No es que defienda a los políticos, ni a las mujeres que visten atrevidas, ni a las personas que tienen la oportunidad de comprarse autos de lujo y mucho menos a los peatones que se cruzan en el último momento. Pero el hombre tenía tantas quejas que ya no soporté más. –Por aquí está bien jefe- le dije. ¿Seguro? - Me contestó extrañado. Así es – ratifique. Volteé a ver el taxímetro y le di un billete de veinte pesos pagándole los 17.35 que marcaba el aparato. Me aseguré de traer conmigo mis llaves, cartera y celular, abrí la puerta, baje del automóvil, le di las gracias y cerré la puerta. El señor se arrancó tan rápido que seguramente yo me gané su quinto insulto de los más recientes 10 minutos en su vida.

Me quedé parado sobre el eje 6. Vi como el tsuru destartalado se perdía entre las decenas de taxis que transitaban sobre el mismo, moví mi cabeza de lado a lado, como perturbado. No podía creer que hubiera tanta amargura en un solo hombre. Me sentí mal por él, porque seguramente la vida no lo había tratado nada bien, o posiblemente, el no había tratado nada bien a la vida y ahora en su vejez, estaba sufriendo las consecuencias.

2 comentarios:

  1. Ahora si me hiciste reír mucho, jajajajaja..... :) hasta me imagine como pasaron las cosas y no se cual fue el piropo que dijo, pero lo que si se, es que se gano la respuesta que le dio la mujer.

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  2. Buena entrada Rod... Es cuando volteas y dices: "la vida es bella" a pesar de que unos cuantos esten en contra de ella... muchas lecciones para ¡¡vivir y dejar vivir!!!; bien dicen que cada uno tiene lo que merece en la vida :)

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