miércoles, 30 de septiembre de 2009


EL VIEJO Y LA HONESTIDAD

Ha sido impresionante la cantidad de ocasiones en las que me he subido a taxis que son manejados por chóferes de la tercera edad. Sus rostros arrugados, sus manos delgadas, sus dentaduras incompletas, sus ojos tristes, posiblemente por la edad, o bien por el sufrimiento de tener que estar trabajando doce horas diarias en vez de estar retirados y descansando en sus casas.

Lamentablemente eso del retiro es sólo para personas precavidas o bien suertudas. Las Afores son mecanismos de ahorro que no he tenido la oportunidad de probar, siendo que he trabajado como profesionista independiente desde que me gradué de la universidad hace ya ocho años. Las personas precavidas son aquellas que abren un seguro de ahorro para el retiro, que en su momento podría sonar muy caro pero que sin duda a largo plazo es una manera de poder estar sentado en tu casa haciendo lo que más nos guste cuando pasemos de los 55 años.

Me subí a un Tsuru que se encontraba en muy buenas condiciones, de hecho, creo que es el taxi mas cuidado en el que me he subido desde que comencé a escribir este espacio. Detrás del volante, un anciano que cumplía con todas las características anteriormente descritas. El hombre me preguntó a dónde nos dirigíamos. Su voz se entrecortaba y la verdad era muy poco entendible.

La tarde soleada era un infierno para andar en el auto, tan sólo el pensar que este señor tenía que pasar muchas horas de su día dentro de su taxi se me hacía inverosímil.

- Hace mucho calor señor – le comenté esperando una confirmación
- Así es joven, este güero está que arde

Me dio risa su comentario, no porque el sol ardiera, sino por el apodo que utilizó, en mi vida sólo he conocido a otra persona que le dice güero al astro rey.

- Pero no nos queda de otra joven, hay que trabajarle
- Así es señor, no nos queda de otra
- ¿Usted ya va a comer me imagino verdad?
- Si señor, ¿usted ya comió? – le pregunté
- No joven, me falta rato aquí en el taxi, apenas empecé – me contestó con cierto tono de decepción y la verdad me costó mucho trabajo entenderle
- ¿A que hora acaba?
- Yo trabajo doce horas diarias joven, sólo así me sale para vivir
- ¿Doce horas? Contesté consternado

Siempre he sido de la idea de que se debe de trabajar para vivir y no vivir para trabajar, en todas las empresas, en todos los trabajos, detesto cuando nos hacen quedarnos más tiempo del horario oficial y detesto todavía más que el pago de horas extras sea una práctica totalmente olvidada en este país. Recuerdo muy bien a un jefe que tuve en la universidad. Cuando alguien me pregunta que para mí que significa ser jefe, yo contesto con su nombre: José Duarte. Mi Gran Jefe Duarte fue mi guía durante dos años en la asociación de estudiantes de comunicación del TEC de Monterrey, y en cuestiones de horarios siempre fue muy estricto, en más de una ocasión nos corríó a todos de la oficina cuando el horario de trabajo había llegado a su fin. Pepe de la misma manera me enseñó muchas cosas que la gente pasa inadvertidas. Una de ellas, y que siempre aplico en cualquier tipo de evento que yo organice, es que los organizadores comemos hasta el final. Y siempre que lo aplico, me acuerdo de él. Ojala todos los jefes fueran como Pepe.

- ¿Y desde cuando trabaja en el taxi señor? – le pregunté tratando de seguir con la conversación
- Uy (sic) joven, desde hace 50 años – me dijo, cambiando la consternación por orgullo
- ¿50 años?
- Así es joven
- ¿Pues cuantos años tiene usted?
- 75 cumplidos la semana pasada – el chofer me vio por el retrovisor y esbozó una sonrisa única. La falta de dientes era más que obvia, pero su sonrisa era sin duda angelical.

Me puse a hacer cuentas mentales que luego tuve oportunidad de expresarle al distinguido personaje que conducía el vehículo que me llevaba a mi restaurante favorito (si no por la exquisitez de la comida, si por el bajo precio). 50 años trabajando detrás del volante, eso es más que una vida para muchas personas, 50 años trabajando doce horas diarias, eso es 25 años íntegros de su vida manejando. Ahora lo admiraba, seguro que no es nada fácil.

- Lleva mucho tiempo manejando señor
- Y a mucha honra joven, créame que no lo cambiaría por nada del mundo – me costaba mucho entenderle, entre el nivel de su voz, su inflexión y los cientos de ruidos que se alcanzaban a escuchar de la calle, si que era complicado.- No me arrepiento de nada señor- continuó – y si tuviera que vivir de nueva cuenta y tuviera la opción de volver a elegir, volvería a ser taxista.

Gracias a Dios y posiblemente a mis habilidades he tenido la oportunidad de trabajar en varios lugares que tienen que ver al cien por ciento con lo que estudié en mi carrera, revistas y radio sobre todo. Pero de verdad, ¿Cuántas personas están de verdad contentas con lo que hacen para vivir?, ¿Cuántos de nosotros nos levantamos con ganas de ir a la oficina?, ¿Cuántos de nosotros deseamos que termine el domingo para ir a trabajar al día siguiente?, la respuesta: MUY POCOS.

El viejo me platicó que el taxi era suyo y que gracias a Dios lo podía trabajar bien, pero que estaba pensando en retirarse próximamente y buscar a alguien honesto que le trabajara el coche, pero él no podía confiar en la gente, porque siempre como mexicanos tratamos de aprovecharnos de los demás. El rentar el coche le daría aproximadamente 400 pesos diarios, mismos que para alguien de su edad son muy buenos.

Llegamos al restaurante, a pesar de la distancia y del tráfico el taxímetro tan sólo indicaba 19 pesos. Le di un billete de a cincuenta, y a diferencia de anteriores oportunidades, en esta ocasión no se lo podía dejar todo, me hubiera gustado.

- Cóbrese veinticinco – le ordene mientras le daba el billete
- Gracias joven

El viejo comenzó a buscar monedas entre la morralla que traía en el cenicero del auto y me regresó el cambio

- Fue un placer platicar con usted – le dije
- El placer fue todo mío joven

Mientras contaba las monedas que me había regresado me di cuenta no sólo de que el señor no se había cobrado los 25 pesos, sino que me había regresado cuarenta pesos en total. Y como buen mexicano hice algo que ojala todo el mundo hiciera.

- Señor, me está regresando cuarenta pesos – le comenté mientras le regresaba quince pesos
- ¿De verdad?- me preguntó incrédulo.
- Si, tome, ahí estás los otros quince

El anciano se quedó perplejo por unos segundos hasta que por fin me comentó:

- Que afortunado fui de que haya sido usted en este viaje señor, cualquier otro se queda con el cambio
- Lo bueno es que no soy cualquier otro y créame el afortunado fui yo.

miércoles, 2 de septiembre de 2009

Filosofía Futbolera


Desde que comencé a escribir este espacio me imaginé que iban a ser muchos los taxistas que me platicaran sobre futbol. De hecho, casi siempre es lo primero que pregunto “¿Vio el partido del Cruz Azul?”, “¿A qué equipo le va mi jefe?”, “¿Cómo vio al América”?

De todos es sabido que el deporte nacional por excelencia es el futbol. Casi todos los habitantes, al menos de esta ciudad, son fanáticos de este deporte. Para mi sorpresa, no fue sino hasta esta ocasión en la que un chofer de taxi me hace la plática acerca del deporte que se autonombra como el más popular del mundo.

-¿Vio el partido del América ayer? – le pregunté al taxista unos segundos después de subirme al auto.

El día anterior el América había logrado algo que no conseguía desde 1994 y era anotar siete goles en un partido. Lamentablemente, su rival, el Toluca, no metió ocho y entonces el partido se lo llevaron las Águilas.

- Como no lo iba a ver señor – me contestó como reprobando mi pregunta – Que partidazo del América.
- Le va al América supongo
- No señor, le voy al Guadalajara

En ese momento me sentí como inmerso en una película muy mala. Como si el guión no estuviera para nada fundamentado, nunca había escuchado un comentario similar, nunca en mi vida un aficionado al Guadalajara me había comentado que estaba contento por el América. Vamos, ni siquiera en las competencias internacionales, el América siempre será el equipo más querido del país, para cierto grupo de personas, pero para el resto, siempre será el equipo más odiado. Le pregunté al taxista que cómo era posible que me dijera tal cosa…

- Señor, soy aficionado al futbol, y siempre que un equipo meta siete goles es motivo de asombro
- Mientras la víctima no sea el Guadalajara – agregué
- No señor, si el América le hubiera metido esos siete goles a las Chivas hubiera sido igual de sorprendente
- Pero seguro estaría muy enojado
- Para nada señor, de que sirve enojarme por un partido de Futbol? Hay cosas más importantes en la vida que eso ¿no? Como ver que hay gente tirando basura en la calle, o bien que asesinaron a alguien en algún lugar, o enterarte que tu yerno le pega a tu hija, esos si son motivos de enojo, el ¿Futbol? De verdad que los que se enojan por él ni siquiera deberían de considerarse aficionados, siempre es mejor ver un buen partido que enojarse porque perdió tu equipo.

En ese momento sentí como si un balde de agua fría hubiera caído sobre mi cabeza. La filosofía de vida del chofer me dejó perplejo. Desde niño he sido muy apasionado por los deportes, en el caso del Futbol, le voy a Cruz Azul desde que tenía aproximadamente catorce años, y ahora, ya con treinta y un primaveras encima, me deprimo sólo de pensar que en todo este tiempo han sido campeones en una sola ocasión.

- La verdad es que si disfruté el partido – continuó platicando el conductor – ya cuando iban 5-1 dije este arroz ya se coció, el América se va a echar para atrás y va a jugar a medio galope el resto del partido. Pero no, fueron por más y metieron otros dos goles.
- Mire nada más, eso es resultado de las enseñanzas que les ha dejado Chucho Ramírez
- Y es que mire, los mexicanos somos bien conchudos, ayer el América se vio como equipo europeo, siempre buscando más, nosotros aquí ya cuando tenemos algo seguro nos echamos para atrás ¡y en todo eh!
- ¿en todo?
- Así es señor, cuando estamos buscando trabajo ahí andamos todos catrines, bien vestiditos, corbatita y toda la cosa, pero cuando ya lo tenemos nos olvidamos de eso y comenzamos a estar fachosos. O como en las relaciones de pareja señor, cuando andamos tratando de quedar bien con una chava, si hay flores, cartitas, detalles y demás, pero cuando nos casamos con ella lo dejamos de hacer
- Yo siempre he creído en que las relaciones son un proceso de enamoramiento continuo – le dije- nunca hay que dejar de enamorar a la pareja.
- Ojala todo el mundo tuviera esa filosofía señor, lamentablemente eso casi no pasa, seguro que usted entonces no es de los que se tiraría un clavado en el área ¿verdad?

Los dos echamos a reír, me puse a pensar que debería de existir algún tratado sobre las similitudes que existen entre el futbol y las relaciones de pareja, de verdad que supuse que además de esta habría muchas más.

- La verdad es que ya era justo que el América le diera una victoria así a sus aficionados
- Si sigue hablando así voy a pensar que usted es uno de ellos jefe – le contesté
- Para nada señor, cuanto tiempo había pasado desde que el América, “Uno de los equipos grandes” no le daba una satisfacción así a su gente
- Mucho tiempo
- Y pues ya se lo merecían, mi hijo le va al América, ¿tiene usted una idea de su sonrisa cuando estaba viendo el partido?
- Debe de haber sido preciosa – contesté imaginándome la sonrisa de mi hijo
- Claro que lo era, y por eso me dio todavía más gusto que ganara así.
- Me imagino, posiblemente si mi hijo le fuera al América también estaría contento.
- Claro – me contestó emocionado
- Ojalá mi Cruz Azul me diera satisfacciones así de vez en cuando

Todos los aficionados al futbol seguramente saben lo que ha pasado en el último año y medio, Cruz Azul llegó a las finales de los torneos Clausura 2008 y Apertura 2008 (Si ironías que sólo pasan en México, el torneo Clausura se juega antes que el Apertura). La primera la perdió con Santos Laguna en Torreón, la segunda la perdió en Toluca en tiros de penalti contra los Diablos.

- Le juró que lloré ese día – le dije
- Pero regresamos a lo mismo- apuntó – Para que desgastarse, era un juego de futbol
- Pues sí pero, después de tantos años sentía que ya nos tocaba
- Yo pensé lo mismo, pero ya ve, jugaron otros factores además de los jugadores, como el árbitro.
- Ya ni me lo recuerde – le contesté algo decepcionado – Nos robo un penalti, pero bueno, a final de cuentas empatamos un poco después, la policía del karma correteó al Toluca.
- Y luego al Cruz Azul – me dijo mientras se reía
- Perdón señor – reparó rápidamente.
- No se preocupe, ya estoy acostumbrado.

Sin duda alguna la vida es muy corta y como dijo Paul McCartney, es demasiado corta para andarnos preocupando y peleando por cosas sin sentido. Como el futbol por ejemplo, este deporte que levanta tantas pasiones que ha habido guerras que se han peleado por su culpa, tan apasionado que, lamentablemente, las porras de dos equipos no pueden estar juntas en las tribunas.

De verdad que echo de menos esos días en los que familias enteras podían ir al estadio a ver un partido de futbol, hace ya mucho de eso.

Sin embargo el soccer siempre tendrá esa naturaleza, sirve para reunir personas. Cuantas veces no nos hemos reunido con otras personas para ver partidos de futbol, aunque no nos interese mucho este deporte. Cuántas veces lo hemos utilizado como pretexto para tomar unas cervezas con los amigos, o simplemente como pretexto para salir a divertirnos un sábado.

Cuántas veces lo hemos utilizado como pretexto para romper el hielo en una reunión, para empezar esas incómodas pláticas con desconocidos, como este taxista que se despidió de mí dándome la gracias por una plática tan amena. Está de más decir que yo hice lo mismo.

miércoles, 26 de agosto de 2009

Tiene 31 años y la traigo loca




Don Martín tendría unos setenta años como mínimo. Su piel arrugada me recordaba a aquellas fotos de ancianos que han hecho famosos a varios fotógrafos como Sebastián Salgado entre otros. Su rostro se veía acabado, la barba blanca de dos días tenía que estar ahí porque le costaba mucho trabajo rasurarse con tanta arruga además contrastaba con su piel morena oscura.. Su cabello era cano también y supuse que tenía miles de historias que contar. Además, Don Martín se la pasó mascando algo todo el tiempo que duró el recorrido, ignoro si se trataba de chicle, tabaco o posiblemente un palillo o algo que no tenía que estar masticando.


-¿Hace calor verda? (sic)
- Así es – contesté – Esta insoportable. ¿Lleva mucho tiempo trabajando el día de hoy?
- Sí
- ¿Desde muy temprano?
- Sí – me dijo de nueva cuenta


Al parecer las respuestas de dos o más sílabas se habían perdido con la edad, es más estoy seguro que la parte en la que yo dije ‘Está insoportable’ para el estuvo de más, un ‘Sí’ hubiera sido más que suficiente.


Me di cuenta de que este fotogénico anciano no iba a ser motivo de una entrada para mi Blog, pero me equivoqué. Pasamos el cruce de Insurgentes que nos había tenia parados por un par de minutos. La hora de la comida es una hora pesada para los miles de taxistas que circulan por la ciudad, pero a final de cuentas sin importar lo pesado, esto repercute en trabajo y por lo mismo en dinero.


Al llegar al siguiente semáforo nos detuvimos con la luz roja. Don Martín como alertado por un sexto sentido, volteó de inmediato a ver hacia su derecha. Hice lo propio. Parada ahí en la esquina estaba una mujer alta de aproximadamente 1.65m, tez clara y el cabello teñido color rojizo. Una mujer atractiva sin duda alguna, pero lo curioso del caso es que Don Martín no dejó de verla en ningún momento. Seguía mascando lo que fuere que estuviera dentro de su boca mientras veía a la mujer. Era tal el detenimiento con el que la miraba que estuve a punto de decirle que si se la presentaba. Me contuve. El semáforo se puso en luz verde y avanzamos.


- Así tengo yo una rorrita (sic) – me dijo orgulloso mientras mascaba
- ¿Ah si? – contesté con un cierto tono de incredulidad
- Si – ya no esperaba otra palabra en su respuesta, pero no podía estar más equivocado.-Tiene treinta y un años y la traigo loca. -Concluyó.


Cuando me comentó de que tenía una ‘rorrita’ pensé que estaba hablando de una hija, luego me di cuenta de que una hija del señor con el que estaba platicando posiblemente tendría más de cincuenta años, entonces pensé en que me estaba hablando de una nieta. Pero no, su última frase me hizo darme cuenta de que él se refería a una novia.


Dentro de mi vida he conocido parejas que se llevan muchos años entre uno y otro. Tanto hombres como mujeres, de verdad que siempre he pensado que para el amor no hay edad y el hecho de estar enamorado de alguien hace que la edad pase a segundo término. Es decir, yo nunca me he acercado con una mujer atractiva y le pregunto su edad en primera instancia, posiblemente la pregunta de la edad no venga sino hasta dos o tres citas después.


Sinceramente no me podía imaginar a Don Martín con una mujer cuarenta años más joven que él. La diferencia de edad sería demasiada. Además de todo, sencillamente, las mujeres de treinta están buscando cosas muy diferentes que los hombres de setenta.


Cuando todo este torbellino de ideas pasaba por mi cabeza mis pensamientos fueron brutalmente interrumpidos por la voz de Don Martín.


- Estoy esperando que me marque, pero no lo ha hecho - me dijo algo decepcionado
- Seguro está con su novio de treinta y cinco años – pensé. Eso está mal- le dije en voz alta.
- Quien sabe donde ande
- ¿Y porqué no le marca usted?
- Porque no lo quiero dar lata.


En este momento ya no supe que decir. En algún momento mientras conversaba vía Messenger con mi amigo Rick en Inglaterra de repente pasó un largo periodo sin que me respondiera. Creo que a todos nos ha pasado eso. En cuanto le pregunté a Rick sobre el por qué no me había contestado nada, mi amigo me contestó. “I got nothing more to say” (“no tengo nada más que decir”) así me sentía en esos momentos. Sin nada más que decir.


- Tiene 31 años – me dijo de nuevo
- Si me comentó
- Y la traigo loca


Muchas veces me ha pasado lo mismo. He repetido las cosas a una sola persona y pues bueno, es parte de mi naturaleza. Lo que nunca me había sucedido es que lo hiciera en tan corto periodo de tiempo. Posiblemente cuando tenga la edad de Don Martín me pase algo similar.


- ¿Dónde la conoció?
- En una fiesta – me imaginé una fiesta de danzón o algo por el estilo y preferí quedarme con esa idea.- La vi y me encantó- agregó.
- Que gusto señor, para el amor no hay edad
- Claro que no
- Eso nos mantiene jóvenes
- Si, y antes andaba con una de veintinueve años


La verdad no se la razón por la que me sorprendió este último comentario. Lo debí de haber visto venir. Mi abuela siempre me dijo que “dime de que presumes y te diré de que careces” Creo que Don Martín era el perfecto ejemplo de esto.


- ¿Y luego, por qué cortó a la de veintinueve?, ¿acaso se portó mal?
- Sí
- Y la cortó
-Sí
- ¿y qué le dijo?
- Lloró mucho
- ¿y sólo lloró o le dijo algo?
- Sólo lloró


En esta entrevista ya había hecho algo que no se debe de hacer. En mis clases de Radio y de Periodismo cuando vemos la clase de entrevista le enseño a mis alumnos las técnicas básicas para poder realizar una entrevista efectiva. Yo ya había roto dos reglas, la primera era evitar preguntas que pudieran ser contestadas de manera cerrada. En mi viaje con Don Martín ya me había llevado muchos “Sí” como respuesta. La otra regla era evitar las famosas “leading questions” y ya llevaba dos también.


- ¿Cuándo empezó a andar con la otra mujer? – Al menos el ‘Sí’ aquí ya no aplicaba.
- Poquito después
- Bien
- Tiene treinta y un años
- Si, me dijo
- Y la traigo loca


En ese momento Don Martín llegó enfrente de mi casa. Le pedí que se detuviera. Me sorprendió que en sólo una ocasión le comenté a dónde íbamos, justo cuando me subí al taxi. Le di las instrucciones y las recordó al pie de la letra y nunca me preguntó sobre como llegar de nueva cuenta. Saqué el dinero y pegué lo que decía el taxímetro.


- Muchas gracias mi jefe, ¿Cómo se llama?
- Yazmín – Me quedé extrañado, era un nombre muy extraño para un hombre
- No, señor, ¿Cómo se llama usted?
- Ah, Martín, Yazmín es mi rorrita.
- Me imaginé Don Martín
- Tiene treinta y un años
- lo sé, y seguro la trae loquita.
- Sí, ¿cómo lo supo?

miércoles, 19 de agosto de 2009

De Ángeles

El sol de la tarde caía con aplomo sobre la Ciudad de México. Muchas personas caminaban las aceras de Insurgentes buscando un lugar con un poco de sombra, o bien, tan sólo llegar a la estación de Metrobus más cercana para encontrar esa guarida tan anhelada y de paso de comenzar su camino regreso a casa.

De los cientos de taxis que pasaban sobre esta tan importante avenida de nuestra capital sólo uno sería mi elegido para el viaje de hoy. Como siempre, deje pasar varios, algunos incluso se paraban a mi lado puesto que su experiencia les dictaba que yo estaba ahí con el firme propósito de subirme a uno de estos autos. Por fin escogí uno, levanté la mano y se paró junto a mí, abrí la puerta y me metí al vehículo

-Buenas tardes – le dije cordialmente
- Buenas tardes – contestó

El chofer tendría unos cuarenta años, cabello semi cano, frente amplia y portaba una playera común y corriente y un pantalón de vestir café. Me preguntó que adónde nos dirigíamos, le contesté que a la Lomas de Chapultepec. Iba a la estación de radio donde trabajo.

En el camino el sol parecía que aumentaba su intensidad. La gente en las aceras se veía agotada. Hombres y mujeres esperando en las esquinas poder cruzar la calle y abanicándose con lo que trajeran en la mano. Documentos, carpetas, o incluso algunos hasta con las manos. – ¿Hace mucho calor verdad? Le pregunté al chofer. – Sí – me contestó sin ni siquiera hacer un gesto en su rostro. No dijo nada más. Este era sin duda una de esas personas de pocas palabras, personas que no pueden entablar una conversación con alguien, pero no me iba a rendir.

- ¿Cómo va la chamba jefe? – le dije esperando a lo mucho dos palabras como respuesta
- Mal, a penas he sacado 300 pesos hoy, tengo que ponerle gasolina y tengo que pagarle 280 al dueño del taxi.

La respuesta del chofer me sorprendió, fueron muchas más palabras de las que esperaba. Lo que no me sorprendió es que la chamba estuviera mal, no era el primer taxista que me decía que el trabajo no estaba bien. Al preguntarle sobre el porque de la escasa ganancia me contestó que era porque los niños estaban de vacaciones, no era el primero en decirme eso tampoco, muchos de los trabajadores del volante con los que había conversado estaban ansiosos de que los niños regresaran a las escuelas para que así el volumen de trabajo creciera considerablemente. Hay que recordar que en tiempos de calendario escolar hay los mismos taxis que en tiempos de vacaciones y obvio que el nivel de ganancias se reduce considerablemente cuando los niños están guardados en sus casas enajenados con los juegos de vídeo.

- Bueno, ¿Pero si va a mejorar, verdad? – le pregunté tratando de alargar la conversación
- Si – Me dijo, de nuevo cortante.

Sin duda alguna no iba a poder exprimirle mucho a este sujeto. Fue entonces cuando recordé una cita que Paulo Coelho que tuve a bien encontrarme ese día en la oficina…

“...pero déjate perder por las calles, caminar por las callejuelas, sentir la libertad de estar buscando algo que no sabes lo que es, pero que –con toda seguridad—encontrarás y cambiará tu vida.”

Posiblemente no venga al caso la cita con lo que estaba sucediendo en esos momentos en el interior del taxi. Simplemente recordé ese tan lindo detalle del texto de “Viajar de Forma Diferente” que si lo analizamos a la perfección si pudo haber aplicado. A final de cuentas la vida es ese viaje en el que estamos buscando algo, muchas personas si saben lo que es, para muchas otras es un total misterio. Siempre he pensado que los hombres (como especie, no como género) siempre estamos en búsqueda de la felicidad, que como dice el maestro Coelho, seguramente encontraremos y cambiará nuestra vida.

Justo estaba pensando en eso cuando sucedió un milagro. En el cruce de Insurgentes y División del Norte, ahí cuando esta calle pierde este nombre para convertirse en Nuevo León. Una luz roja detuvo nuestro camino. Yo seguía pensando en ese detalle, mientras afuera los comerciantes informales de alegrías, aguas, gomitas y juguetes hacían el intento por vender algo más, a quienquiera que fuera. Un niño de aproximadamente unos cinco años se acercó a nuestro callado amigo detrás del volante. El niño con cierto temor le extendió la mano, entrando con dificultad por la ventanilla que debido al calor se encontraba hasta abajo. El chofer se volteó, pero no para negarle la limosna. Buscó entre sus monedas que tenía en el cenicero del auto y sacó una de cinco pesos. Se la dio al niño y este le sonrió. Sus dientes eran muy blancos y su cara sucia llena de tierra y su pelo desaliñado contrastaban increíblemente con esa dentadura. Esa sonrisa fue la única manera que tuvo el niño de decirle gracias al buen hombre al volante. No alcancé a ver el gesto del chofer en el retrovisor, pero quiero creer que le sonrió también. El niño corrió rumbo a la esquina feliz con su moneda de cinco pesos.

Me quedé callado. Simplemente no podía creer lo que había visto, como dije anteriormente, creo que se trataba de un milagro. Unos cuantos minutos antes, mi chofer se había quejado de la falta de trabajo y de lo poco que había ganado ese día. Sin embargo se dio la oportunidad de compartir su dinero con ese niño que le pagó con una sonrisa. Sin hacer gesticulación alguna, avanzó en cuanto se puso el semáforo en verde.

Me quedé pensativo, ya ni siquiera hice el intento por platicar con el chofer. El resto del camino me la pasé dándole vueltas en la cabeza a la situación. Estoy seguro que era un ángel, un ángel que se apoderó del cuerpo del chofer justo cuando el niño se apareció en la ventana. Siempre he pensado que la ciudad está llena de ángeles, que no aparecen de la nada, sino que se apoderan de nuestros cuerpos para hacer acciones que posiblemente de otra manera no seríamos capaces de realizar. Decidí convertirme en ángel ese día.

Unas cuantas horas antes le pedí a mi amigo Roberto que me prestara 100 pesos para pagar mi taxi de la Colonia del Valle a las Lomas de Chapultepec. Me había quedado sin efectivo y no quería perder el tiempo en ir al cajero más cercano que estaba como a diez cuadras de la oficina. Roberto me prestó el dinero. Esos 100 pesos divididos en dos billetes de 50, era todo el efectivo que traía.

Mientras avanzábamos por viaducto y luego periférico volteaba constantemente a ver cuando indicaba el taxímetro. Ya pasaba de los 35 pesos cuando entramos a las lomas. El chofer me dirigió la palabra por primera vez en los últimos veinte minutos. Me preguntó por donde irnos y le contesté, sin hacerle mucha fiesta a su intervención. Cuando llegamos a la estación de radio unos minutos después de di cuenta de que el taxímetro indicaba 51.87. Le extendí los dos billetes de 50. Al recibirlos inmediatamente me regresó uno. Me negué a recibirlo.

- Señor – Le dije – Su moneda de cinco pesos se multiplicó por diez, espero que siga ayudando a los niños cada vez que pueda.

El rostro del taxista era muy duro, muy recio, posiblemente era el resultado de todos los problemas por los que había pasado en su vida. Pero en ese momento, su boca se arqueó hacía abajo como haciendo un puchero, los ojos se le llenaron de lágrimas mientras seguía sosteniendo el billete de 50 en su mano que todavía apuntaba en mi dirección. – Gracias - me dijo, sin poder moverse todavía. Tomé su mano, arrugué el billete en su puño y lo apreté. No hubo necesidad de decir nada más. Le sonreí, así como el niño lo había hecho unos minutos antes, el me sonrió.

Baje del taxi y entré a la estación de radio, firmé mi entrada como todos los días y me sentí satisfecho por haber podido convertirme en ángel al menos por unos minutos. Ahora en mi cabeza volvía a estar esa frase de Paulo Coelho, en efecto, yo estoy en búsqueda de la felicidad como muchas personas en el mundo, y ese día, con esa frase me di cuenta de que la había encontrado. Después de mucho tiempo había descubierto eso que según Coelho podría cambiar mi vida. Maestro Coelho, no tiene ni idea de lo cierto que se convirtió ese texto, al menos para mí, en ese preciso día.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Los tres libros

Don Jose Luis Trejo era un hombre culto. No me quedó ninguna duda. Lo primero que me dijo en cuanto se subió al taxi, es que él tenía la habilidad de hablar con cualquier persona de cualquier tema

-Para usted ¿Cuál es el tema que cuesta más trabajo hablar con las mujeres? – me preguntó casi inmediatamente de que me subí al taxi.
- Sexo- Contesté de inmediato
- Pues yo hablo de sexo con las señoritas – me dijo orgulloso – Una vez, una joven se subió al taxi y comenzamos a hablar del tema -continuó- Ella me dijo que ella quería llegar virgen al matrimonio, que quería guardarse para aquella persona especial, que no quería experimentar nada con nadie más que con el “indicado”. Al decir este última palabra don Jose Luis realmente la entrecomilló con sus demos mientras soltaba el volante en su totalidad. En esta ocasión no importaba, estábamos en un alto. – Hágame el favor – me dijo realmente consternado. Si no hace el amor antes de casarse, ¿Cómo va a saber si le gusta o no?
- Pues nunca podría saberlo- agregué
- Y luego imagínese, ¿por qué cree que las mujeres ponen el cuerno señor? Pues por eso, son señoritas que llegaron vírgenes al matrimonio y que cuando llega otra oportunidad, y la prueban se dan cuenta de que nunca han experimentado un orgasmo y de lo que se han perdido.

Yo seguía escuchando a Don José Luis con toda atención. Mire mi buen – me dijo – si tan sólo todos los mexicanos leyéramos tres libros en nuestra vida – ¿lee mucho usted? – le interrumpí. Claro que me gusta leer amigo- contestó orgulloso- Me aviento un libro a la semana y he repetido varios libros en mi vida. Don José Luis debe de tener como 60 años, en efecto se veía una persona culta, llena de valores y principios. Los ojos bajo esos lentes con el vidrio más grueso que una botella como comenté en la entrada anterior parecían que lejos de ayudarle a ver, se lo impedían.

Don Jose Luis continuó. Son tres libros, los más importantes que hay, y ¿sabe cuánta gente los ha leído los tres?- me preguntó. ¿Nadie? – contesté preguntando. No, claro que varias personas han leído todos, pero son muy pocos, somos muy pocos los que los hemos hecho.

-¿Y cuáles son esos tres libros?- pregunté ahora con mucha más curiosidad
- Se los voy a decir, pero sólo si me hace una promesa – me contestó amenazante.
- ¿Cuál es esa promesa que quiere que le haga? – le dije intrigado
- Prométamelo – me ordenó

Solté una pequeña carcajada y le dije que no podía prometer nada antes de saberlo, que me frustraría si no lo pudiera cumplir.

- Prométame que si le digo esos tres libros, los va a leer. – Me dijo, ahora con mucha mas calma incluso como si me estuviera persuadiendo de hacerlo.

Desde que tengo uso de razón me gusta la lectura. Mis dos abuelos me incitaron a hacerlo, Papá Hugo (como le digo a mi abuelo materno) por un lado, me regaló muchos libros de Julio Verne que aún conservo. Mi abuelo Ricardo (q.e.p.d) me sentaba frecuentemente a leer junto a él, paginas de los libros que él leía. Como añoro esas épocas con mi abuelo.
- Creo que es una promesa que puedo cumplir – le dije.

Muy bien – me dijo aliviado- entonces le puedo decir cuales son esos tres libros. El primero de ellos es… Y me volteó a ver como esperando que yo se lo dijera, no supe que decir – Don Quijote – me aventuré, recordando el juego de las delegaciones y sus códigos postales. No señor – me contestó como orgulloso de que sólo él conocía el secreto – La Biblia.

-¿Sabe que La Biblia es el libro con más impresiones en la historia? Me preguntó.

Siendo maestro de universidad tenía que saber que lo que Don José Luis argumentaba era cierto.

-Lo sé – le contesté.

En ese libro vienen todas las enseñanzas que Dios nos ha dejado. Sin importar el tiempo, si la lee con cuidado, estoy seguro que va a encontrar situaciones que le resultarán similares con varios momentos de su vida. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

Comenzamos a platicar un poco sobre la Biblia, sobre lo que significaba como un signo de Fe, la pasión con la que Don José Luis hablaba era sublime. De no verlo detrás del volante hubiera pensado que se trataba de un padre o de posiblemente algún religioso tratando de convencerme de convertirme en católico.

El segundo libro que tiene que leer, tiene que ver con las leyes – me dijo- ¿Tiene idea de cuál es? - Me preguntó. La Constitución - le dije seguro de que mi respuesta iba a ser la correcta en esta ocasión. Exactamente, la Constitución – ahí vienen todas las leyes de nuestro país, y de verdad que son pocas personas las que se han puesto a leerla con cuidado y detenimiento.

Dialogamos ahora sobre la vigencia de las leyes que ahí aparecen, sobre los encargados de crear las leyes que por ética profesional no pienso mencionar en este espacio ya que mi mamá me dejó muy claro que si no tengo nada bueno de decir de alguien que mejor me quedara callado. Pasaron dos o tres semáforos del conflictivo Eje Central. Cada vez nos acercábamos más a Bellas Artes que era donde me tenía que bajar. Alcanzaba a ver ya la torre latinoamericana del lado derecho. Miles de personas caminando libremente por las aceras sin necesidad de estar esquivando ambulantes.

El tercer libro – continuó - ¿Cuál cree que sea?
- No tengo idea – contesté un poco decepcionado de mi imaginación, y la verdad no creí que El Quijote fuera a ganar esta vez tampoco.

Don José Luis levantó la cubierta de alfombra que protegía su tablero de los inclementes rayos del sol. Debajo de ella estaba un libro blanco muy pequeño, que sacó cuidadosamente.

-Este es el tercer libro – Me dijo emocionado – El reglamento de tránsito.
-¿Me quiere decir que de todos los libros que se han publicado en el mundo el reglamento de tránsito es el tercero que todos tenemos que leer? – Le pregunté incrédulo.
- Claro. No sólo sirve para mantener orden en las calles señor. Sirve para mantener orden en nuestras vidas. Por ejemplo, rojo significa alto ¿o no?. Si usted está con una mujer y ella le dice que alto, se tiene que detener, justo como cuando hay una luz roja en la calle. Si no se detiene puede haber un accidente y posiblemente sea un accidente fatal. Si el reglamento de tránsito dice que lo primero es el peatón, no es por nada. En nuestra vida tenemos que encontrar a los peatones que tienen la preferencia por sobre todos los demás. Si el reglamento nos dice que los autos no tienen que subirse a las banquetas, también es porque en nuestra vida no podemos andar caminando por donde no debemos.

Las analogías entre el Reglamento de Tránsito y la vida diaria cada segundo cobraban más sentido. Don José Luis estaba en lo correcto. Si tan sólo todo el mundo pudiera leer este tercer libro y de hacerlo si tan sólo todos pudiéramos entender estas analogías.

Llegamos a Palacio De Bellas artes, don José Luis se detuvo para que yo me bajara, lo hice. Le pagué como siempre más propina de la requerida, por el buen momento que me había hecho pasar. Me bajé del auto, cerré la portezuela y comencé a alejarme. Justo en ese momento un par de policías se acercaron al auto de Don José Luis. Regresé al auto. Abrí de nuevo la puerta y le pregunté que si todo estaba bien. Los dos policías (un hombre y una mujer) estaban tratando de morder a Don José Luis por haber hecho parada en Eje Central (poco más tarde ese mismo día escuché en el radio que a partir del día anterior estaba prohibido) Don José Luis se notaba triste, como intimidado por los policías. Cuidadosamente saque un billete de 200 pesos, lo doblé en mi mano y me dirigí a Don José Luis.

- Mi jefe, muchas gracias de nuevo por la plática, estuvo genial.

Le di mi mano y dejé el billete en su mano sin que los oficiales que me estaban viendo más que feo se dieran cuenta. Cerré de nuevo la puerta y me retiré.

Ya no supe si es que Don José Luis logró salirse de ese embrollo. No se si es que tuvo que utilizar la propina que le di en primera instancia o ese billete de doscientos para librarse de los policías. Pero al menos haya pasado lo que haya pasado me sentí bien por ayudarlo como mejor pude. Lo irónico de la vida. A José Luis lo estaban infraccionando por una ley que todavía no había sido añadida al reglamento de tránsito que tanto alababa. Sin Palabras.

miércoles, 5 de agosto de 2009

De Códigos Postales

Esta semana ha sido un poco caótica, pero a la vez llena de ilusiones. La vida como diría Forrest Gump es como una caja de chocolates, nunca sabes lo que te va a tocar, y a mi creo que ya me tocó, uno muy bueno, posiblemente de los mejores. La envoltura es color verde y su sabor es como el de aquellos chocolates Belgas, increíble.

Mientras sigo disfrutando de mi chocolate recuerdo que hace algún tiempo, cuando pedí un Taxi para ir rumbo al centro de la ciudad un tsuru (así es otro tsuru en el Blog), el chofer me recibió con la clásica al momento de subirme: - A dónde mi jefe – Sin dudarlo contesté apresuradamente –al centro por favor-. No se cómo ni porque me preguntó el código postal del lugar al que íbamos, yo no lo sabía, es más, no tengo ni la más remota idea de cual es el código postal de dónde trabajo ahora. Cuando le contesté que no tenía ni idea del código postal se mostró indignado, como era posible que no me supiera los códigos postales me cuestionó.

A ver mi jefe – me dijo- fíjese, cuando yo era muy chiquito decidí aprenderme de memoria todas las zonas postales que había en la Ciudad de México, no se si sepa, pero por ejemplo, al centro, dónde vamos era la zona postal 1, la colonia del valle era la zona postal 12. Pero entonces, no se a que funcionario se le ocurrió deshacerse de los códigos postales sin ninguna justificación y entonces puso los códigos postales.

Yo escuchaba al señor con suma atención. Su cabello era negro, pero con ya bastantes canas que se asomaban por ahí. Era de tez morena y usaba unas gafas como esas que les dicen de fondo de botella. Además tenía un muy particular modo de manejar su taxi, casi encima del volante, luego noté, que esa característica era porque era muy bajito de estatura y posiblemente el problema visual, también era la causa de ese tan peculiar estilo.

Y luego joven – continuó – que digo “si me aprendí todas las zonas postales, porque no aprenderme los códigos postales” y que lo empiezo a hacer. Fue entonces cuando noté algo mi jefe, de repente me di cuenta que todos los códigos postales de donde yo vivía comenzaban con el mismo número y entonces comencé a recorrer la ciudad buscando el resto de los códigos postales, y me di cuenta de que tenían una lógica bárbara.

Intrigado, le pregunté que cual era esa lógica, era imperativo que lo hiciera, estarán de acuerdo – Es muy fácil jefe, usted se las sabe – me contestó – A ver, cual es la primera delegación en orden alfabético del DF – me preguntó – Álvaro Obregón, respondí sin dudar, ahí estaba mi casa. – Así es- Álvaro Obregón, y con que número empieza su código postal (¡Esa respuesta también me la sabía!) con 01 - contesté.

El señor se mostraba feliz de que hubiera contestado a la perfección su primer pregunta y prosiguió: ¿A ver, cual sigue, en orden alfabético? –Benito Juárez, contesté emocionado. ¡No! A ver, ¿se acuerda donde estaba la refinería de PEMEX? – me preguntó – En Azcapotzalco – corregí rápidamente. ¡Eso es! Contestó emocionado, ¡sus códigos postales empiezan con 02!

Al parecer al señor le gustaba ese juego. No se con cuantas personas lo había hecho, o si era yo el primero en caer en él, la verdad no me arrepiento, la estaba pasando bien en el tráfico de eje central. –Ahora si viene Benito Juárez, donde lo recogí, ¿qué código postal tiene señor? – 03100 – contesté, ¡ya ve! – me replicó, usted también sabe. Nos vamos al 04, ¿Qué delegación sigue después de Benito Juárez? A decir verdad ignoraba esa respuesta. –No pues no se- le contesté decepcionado. ¡No diga que no sabe! ¡Sí se las sabe! Me dijo como retándome – a ver, los viveros de… ¡Coyoacán! – lo interrumpí. Bien, ya ve como si se las sabe, nunca diga que no sabe algo que si sabe. Los códigos postales de Coyoacán empiezan con 04. ¿Luego cúal? – Prosiguió – Me quedé callado, no lo sabía, pero ya no quería decir que no lo sabía. – Allá por la salida a Toluca, esta la delegación… ¡Cuajimalpa! Contesté emocionado, cual niño que por fin se supo una adivinanza o bien como en aquellas épocas de la primaria cuando el maestro te guía de la mano para que tu deduzcas por ti mismo la respuesta. –Eso es, bien hecho- me alentó- Cuajimalpa empieza con 05, ¿luego cual viene? Ni idea mi jefe – contesté decepcionado. ¿A dónde vamos? Me preguntó ahora. Al centro – respondí- y el centro está en la delegación… ¡Cuauhtémoc! Le volvía a atinar. Así es- me dijo- lo códigos postales de la delegación Cuahutémoc empiezan con 06.

El juego continuó por varios minutos más, seguimos con la delegación Gustavo A. Madero cuyos códigos postales empiezan con 07. Recordé con cariño a mi amigo Carlos qué vivió toda su vida por ahí y sí, en efecto me acordaba que su código postal empezaba con 07. Luego Iztacalco, con el código postal que empezaba con 08. La que seguía era sencilla. Además de que estaba muy cerca de Iztacalco también comenzaba con I, así es, adivinaron, Iztapalapa era la siguiente y sus códigos postales empezaban con 09.

Cuando me preguntó cuan era la 10, volví a poner mi cara de ignorante. Y fue entonces cuando me preguntó: A ver mi jefe, allá por el sudponiente, corre un río que ya está muy contaminado. Ignoraba la historia del río, pero recordé que mi amigo Rafa vivía en la delegación Magdalena Contreras, y se lo dije. ¡Muy bien! Me contestó emocionado. Luego- continuó- una que está por ahí por donde lo recogí, acuérdese, sigue el 11 eh! - Esta si me la sabía, la estación de radio en la que trabajo está en la delegación ¡Miguel Hidalgo! Y Cual niño que ya llevaba dos respuestas acertadas de manera consecutiva, ya ansiaba que me preguntara la siguiente. Con 12 mi jefe, allá por el sur también, ¿Cuál sigue? Busque y busque en la memoria interna de mi disco duro (o sea mi cabeza) y no encontré ese dato. Vamos señor, si se la sabe – me dijo como retando – como iluminado en ese momento me atreví a decir: Milpa Alta.

El señor se volvió a emocionar, pero creo que por estar viendo los coches de enfrente en el eje central nunca se dio cuenta de que yo estaba más emocionado de él, no podía esperar saber cual era la delegación que seguía, a que zona de la ciudad le había tocado el número 13. A ver señor ¿cuál sigue?, también por el sur, pero por el otro lado. Sin dudarlo, conseguí mi cuarto acierto de manera consecutiva: ¡Tláhuac! Así es mi jefe, ¿ya ve como si se las sabe? La que sigue es fácil, con 14, es la delegación… ¡Tlalpan! - Grité emocionado. Eso es – continuó- Sólo nos faltan dos, ¿Cuál es la delegación cuyos códigos postales empiezan con 15? – Me preguntó como si estuviera en programa de concursos, muy por dentro de mi podía escuchar la música de Jeopardy. Estuve tentado a contestar: “¿Qué es la delegación Venustiano Carranza?”, pero decidí decir solamente mientras sonreía: Venustiano Carranza. El señor soltó el volante un poco para dar tres aplausos, yo me sentí como niño chiquito concursando con Chabelo, de verdad que ya estaba esperando el momento de las catapixias (¿así se escribe?). Y la última mi jefe, ¿Qué delegación tiene sus códigos postales con el número 16 al inicio? Esa ya era fácil, - Xochimilco – contesté. Había respondido correctamente las últimas siete delegaciones. ¡Si me las sabía!

El señor sonreía, posiblemente pensando que ese día ya había valido mucho la pena en su vida. Le había enseñado a alguien dos cosas, primero el orden de los códigos postales, y la segunda a no decir que no sabía, porque a final de cuentas si me sabía todas las respuestas.

La plática continuó por otro bien rato, el tráfico en el eje central estaba muy cargado, lo cual no me molestó, porque eso me daba oportunidad a seguir platicando con el chofer de mi taxi. Lamentablemente las delegaciones se habían terminado, pero comenzamos a platicar de otro tema, uno muy interesante por supuesto. Tema del cual platicaré en otra ocasión. Cuando nos acercábamos a nuestro destino le pregunté si es que le gustaba el béisbol. – Claro- Me gustan todos los deportes señor. Le pregunté su nombre. –Jose Luis Trejo- me contestó. ¡Así como el entrenado de futbol! - le dije asombrado – así es, sólo que gano mucho menos, me dijo sonriendo.

Le prometí que ese día por la noche, le iba a mandar un saludo al aire en la transmisión de béisbol de los Diablos Rojos del México. Lo hice.

No se si Don Jose Luis escuchó el saludo. Sólo se que ese día, gracias a Dios que lo puso en mi camino, y a él, que resultó ser un gran maestro, aprendí dos cosas, esas mismas que trató de ensañarme. A saber como se designaron los códigos postales, y a nunca darme por vencido y decir no se, antes de tiempo.

miércoles, 29 de julio de 2009

El quinto insulto



Era una mañana nublada clásica de verano. En las calles se veía poco movimiento debido a que los niños continúan de vacaciones... fue entonces cuando pedí mi taxi.

El chofer en esta ocasión era un hombre de edad avanzada. En sus manos las venas resaltadas y las flores de sepultura se podían ver notoriamente. El auto era un tsuru, igual de descuidado que nuestro viejo amigo, que llevaba la barba crecida de dos o posiblemente tres días. Los lentes le cubrían gran parte de la cara y eran de esos que estuvieron de moda hace algunos años que eran obscuros además de tener su aumento bifocal.

El anciano (me atrevo a llamarlo así porque seguro que pasaba de los 70 años) comenzó a maldecir en el primer semáforo. En esa oportunidad atendió a un par de peatones que osaron cruzarse con la luz roja. Después de las groserías las quejas continuaron. Comenzó por decirme que la chamba estaba jodida, que no creía posible que apenas pudiera sacar 100 pesos al día conduciendo el taxi. –Son chingaderas- me dijo algo molesto. No puedo pagar la gasolina – agregó. Sin duda alguna el periodo de vacaciones es el más flojo para los amigos del volante que ven en los escolares y en sus padres o quienes quiera sean los que los lleven a la escuela a sus principales clientes para tener una mañana “movida”.

La segunda maldición se la ganó un Mercedes blanco. El auto de lujo iba conducido –al menos eso creo- por el propietario ya que iba bien vestido con traje y lo que aparentemente era una corbata de diseñador, de esas que se pueden conseguir en Masarik a precios extraorbitantes. –Pinches riquillos- me dijo- se creen los dueños de la calle –continuó- van manejando por la calle y quieren que todos nos quitemos, finalizó un tanto molesto.

Su manera de manejar era por demás lenta, entendible para un hombre de la edad que aparentaba. Sus manos temblaban mientras manejaba y a mí, me dio miedo. Miedo no de que me dijera una grosería, sino porque de verdad, el temblor de sus manos era más que evidente. Y el temblor al volante no es un buena señal.

Al llegar al semáforo de Eje 6 Ángel Urraza esquina con Providencia, el hombre divisó a una mujer más que atractiva en la esquina, posiblemente esperando el transporte público. Con su mano temblando, bajó el cristal de su auto y le gritó un piropo que no puedo escribir. No sé si en ese momento solté una risa. Estaba sorprendido de la cantidad de improperios que este hombre tenía en su repertorio. Porque dicho sea de paso en su conversación decía más majaderías que palabras de más de diez letras. La mujer al escuchar el piropo del chofer volteó hacia el taxi y le hizo una seña al chofer levantando firmemente el dedo de en medio de su mano derecha en dirección al taxi. En este momento estoy seguro que si solté una risa. El anciano volteó a verme y los ojos detrás de esos enormes lentes de aumento obscurecidos parecían atacarme, estaba indefenso. –Vieja Pendeja- me dijo. Ya ni la friega, porque se pone esa ropa si se va a poner así si alguien le dice un piropo.

El chofer avanzó al escuchar el claxon del auto de atrás que exigía que mi taxi se moviera. El hombre detrás del volante se tardó en volver a arrancar. Fue entonces cuando al continuó con su charla sobre la falta de trabajo en el verano, y entonces fue cuando los políticos de llevaron su cuarta maldición. No puedo creer que hayan hecho eso que hicieron con las clases (no tenía idea de a qué se refería, digo después de la influenza las autoridades alargaron las clases) ya ni la amuelan malditos políticos.

No es que defienda a los políticos, ni a las mujeres que visten atrevidas, ni a las personas que tienen la oportunidad de comprarse autos de lujo y mucho menos a los peatones que se cruzan en el último momento. Pero el hombre tenía tantas quejas que ya no soporté más. –Por aquí está bien jefe- le dije. ¿Seguro? - Me contestó extrañado. Así es – ratifique. Volteé a ver el taxímetro y le di un billete de veinte pesos pagándole los 17.35 que marcaba el aparato. Me aseguré de traer conmigo mis llaves, cartera y celular, abrí la puerta, baje del automóvil, le di las gracias y cerré la puerta. El señor se arrancó tan rápido que seguramente yo me gané su quinto insulto de los más recientes 10 minutos en su vida.

Me quedé parado sobre el eje 6. Vi como el tsuru destartalado se perdía entre las decenas de taxis que transitaban sobre el mismo, moví mi cabeza de lado a lado, como perturbado. No podía creer que hubiera tanta amargura en un solo hombre. Me sentí mal por él, porque seguramente la vida no lo había tratado nada bien, o posiblemente, el no había tratado nada bien a la vida y ahora en su vejez, estaba sufriendo las consecuencias.

miércoles, 22 de julio de 2009

De música y astronomía



He empezado el blog, y no dejo de pensar en la cantidad de ocasiones en las que he dejado ir una entrevista con un taxista. Pláticas interesantísimas que ahora están guardadas en una caja con una etiqueta que dice olvido.

Ahora no dejo ir ninguna oportunidad de tomar un taxi para poder charlar con su chofer. Y me pregunto, que tanta suerte tendré para toparme con tipos de verdad interesantes y no con choferes déspotas y cafres, eso sólo la suerte lo determinará. He dejado el auto enfrente de mi oficina, cuando me hablan para pedirme que ayude en unas presentaciones de power point a unos cuantos kilómetros de aquí. Decido caminar hasta la avenida insurgentes y así aprovechar para que le dieran una boleada a mis zapatos. Lamentablemente, Don Moy mi bolero de confianza tiene un cliente con el que apenas empezaba a trabajar. Desilusionado y con mis zapatos poco lustrosos cruzo la calle para poder parar un taxi sin muchos problemas.

El problema ahora para mi es escoger el auto, mi regla principal es seleccionar de entrada los taxis cuya placa empiece con A. Dejo pasar los Volkswagen y me concentro principalmente en los tsurus. Habré dejado pasar tras coches vacíos hasta que vi uno que sentí que era el indicado. Curiosamente no era tsuru, sino un Atos.

Para sorpresa mía en cuanto subí no escuché ningún noticiero en la radio, mucho menos música guapachosa, tampoco Universal Stereo, la Z o alguna de esas estaciones que tienen mucho rating. Lo que escuché fue música clásica. La primera vez en mi vida que me subía a un taxi y que escuchaba ese tipo de música. Después de saludar al taxista que vestía con una camisa de manga corta tipo guayabera y en la cabeza una gorra con la palabra “tecamac” bordada, le pregunté si acaso era la estación Opus la que estaba en su radio, me contestó que no, que era Radio Universidad. Obvio como maestro de radio tenía que conocer ambas estaciones, pero la verdad nunca había escuchado música clásica en Radio Universidad, posiblemente por la hora.

Le pregunté que tanto le gustaba la música clásica y me contestó que era su música favorita. La siguiente pregunta era obvia “¿Cuál es su compositor favorito?” El taxista, que muy a mi gusto tenía cabello cano (por aquello de la sabiduría) y barba igualmente cana y bastante abundante que le cubría toda la cara, me contestó: “Seguro quiere que le conteste que Mozart y si me gusta pero no es mi compositor favorito, Vivaldi, excelente también, pero no, tampoco es mi favorito”. Después de nombrar a otros cinco compositores de los cuales no recuerdo sus nombres, por fin me dijo el nombre de ese compositor que está como número uno para él en la historia: “Johan Sebastian Bach”.

Después de la cátedra de música clásica de la cual me declaro neófito, la conversación dio un súbito giro, y dejamos a un lado los acordes y los instrumentos musicales para entrar en el mundo de la astronomía y de los cuerpos celestes. La persona que tenía enfrente de mí, justo detrás del volante era estudioso de la astronomía e incluso estaba tomando un curso en la UNAM en la materia. Comenzamos a platicar sobre la astronomía y justo como lo hicimos con la música me mencionó al que era para él el mejor astrónomo en la historia, al menos para él, y resultó ser Nicolás Copérnico, a quien correctamente se refirió como “El padre de la astronomía moderna”, después de me comentó sobre los otros cuatro astrónomos que vienen detrás de él, uno de ellos que la verdad no recordaba, seguramente ese día falté a la escuela, posiblemente por enfermedad o bien porque me fui de pinta con mis amigos. John Kepler. Me dijo las leyes que inmortalizaron a este gran astrónomo Alemán (yo ni siquiera sabía que era Alemán). Luego mencionó a otro gran astrónomo, Galileo Galilei que alguna vez, en voz de mi chofer, mencionó “mide lo que puedas medir, y lo que no puedas medir, hazlo medible”

La verdad estaba yo maravillado con la conversación, nunca en mi vida había conversado con alguien acerca de astronomía, es más, al igual que con la música clásica, la astronomía no es uno de mis puntos fuertes, y sin embargo en estos pocos minutos junto con este gran hombre, ya había aprendido el nombre de cinco compositores y de un astrónomo.

Seguimos platicando de lo que había hecho Galileo, de cómo es que descubrió el “albedo” que es el reflejo de la luz del sol sobre un cuerpo celeste. Después de esto, me comentó de cómo en 1683, hubo por ahí otro astrónomo de nombre Isaac Newton (¡este, al igual que a Galileo, si lo conocía!) y me platicó sobre sus dos descubrimientos principales, la Ley de la gravedad y la ley de la fuerza.

Estaba yo tan maravillado sobre la cantidad de conocimientos que están dentro de la cabeza de este hombre que le pregunté si es que algún día le gustaría dar clases,
- Pretendo dar clases señor, sólo que necesito mi Doctorado, pero va a ver que algún día lo haré, clases de astronomía – me contestó sin vacilar ni un momento. A mi por lo pronto ya me iluminó – agregué. Date el tiempo para leer, es el fundamento de la sabiduría- me contestó mientras esbozaba una sonrisa que yo alcancé a ver en el retrovisor.

Lamentablemente llegamos a nuestro destino, de no haber sido porque de verdad les urgía que les ayudara con esa presentación y que ya era un poco tarde le hubiera dicho a este gran hombre que nos fuéramos a tomar un café, yo lo hubiera invitado. Me acerqué a pagarle 20 pesos más de lo que decía el taxímetro, le estiré mi mano para estrechar la suya, le pregunté su nombre, Jaime Álvarez – contestó mientras señalaba su tarjetón, y mientras nuestras manos continuaban estrechadas se despidió diciendo:

“Es un placer inmerecido para mi estrechar su mano”


Me despedí, baje del auto y Don Jaime continuó su camino, en el cual seguramente platicará con alguien más de sus dos pasiones, la música y la astronomía.

miércoles, 15 de julio de 2009

No hay septimo malo...

MEMORIAS DE TAXI

El momento en el que subí a aquel auto llegó en el mejor momento. La lluvia comenzaba a arreciar y ya estaba parado ahí en una esquina de la avenida reforma sin paraguas, impermeable o algún otro objeto que evitara que me mojase.
Fue entonces cuando se paró Don Alejandro a quien saludé como siempre con cordialidad. Me senté en la parte trasera del auto y fue el mismo Alejandro el que comenzó la conversación.

Para mi platicar con los taxistas es algo mágico, nunca se sabe todos los conocimientos que ellos pueden tener, es por lo mismo que siempre intento subirme a taxis en los que el chofer tiene el cabello cano, canas que no son más que señales de sabiduría.
Después de que Don Alejandro tocó el tema de la lluvia yo le pregunté acerca de cómo iba su trabajo – muy castigado – me contestó. Estos tiempos de vacaciones son de verdad muy malos porque son los niños los que mueven al mundo, y pregúntenme si no. Lo que no haría por mis hijos. Don Alejandro me comentó que además de la falta de madres con niños en las calles pidiendo taxi, lo que estaba por venir era todavía más complicado, los útiles escolares. Alejandro Ortiz es un señor de unos cincuenta años, cabello cano, cuerpo musculoso, sus ojos en el retrovisor se veían mucho más jóvenes que los cincuenta años que representaba, se veía a leguas que había vivido mucho y había tenido una vida llena de momentos felices.

Al mencionar el tema de los útiles escolares mi pregunta obligada fue ¿Cuántos años tienen sus chiquitos? Don Alejandro se rio de una manera un poco burlona, - ¿pequeños?- preguntó – No mi Don, las mas chiquitas tienen 21 años, son trillizas. En ese momento me sorprendí y puse una cara con la clásica boca abierta que caracteriza al asombro. ¿Trillizas? – pregunté de nuevo – Sí, me contestó, son las más chiquitas de la familia. Al preguntarle que de cuantos era su familia casi me voy para atrás, y me hubiera ido de no haber tenido el respaldo del asiento. Mi don, tengo siete. ¿Siete hijos? Pregunté extrañado. No, siete hijas – me dijo orgulloso -. Fue entonces cuando comenzó la historia.

Don Alejandro efectivamente tenía 51 años. Era padre de siete hermosas hijas, cuyas edades fluctuaban entre los 28 y los 21. Al igual que su esposa, las siete (mujeres ahora) decidieron estudiar medicina y todas tienen distintas especialidades. La madre es médico forense. Él decidió hacerse la vasectomía después de ese último intento por tener un varoncito. Veinte años después acudió con su médico porque alguien le había dicho que la vasectomía tenía que hacerse cada veinte años, su médico le dijo que no había problema que él estaba bien, y que no tenía que someterse a algún otro procedimiento. Don Alejando se confió.

Hace tres meses su esposa le dio la noticia de que estaba embarazada, misma que recibió con incredulidad. Inmediatamente acudió a su doctor que años antes le había dicho que no tenía nada de que preocuparse. El doctor lo primero que le dijo es que si estaba seguro de que este embarazo era de él, pregunta a la que casi contesta con un par de golpes. No lo hizo.

En efecto, la vasectomía tiene que realizarse una vez cada veinte años y en efecto su esposa estaba embarazada de él. Hace unos días regresaron al médico, revisiones de rutina, en especial si tomamos en cuenta de que la esposa de Don Alejandro tiene su misma edad, 51 años. Le pidieron al doctor que si en el ultrasonido se puede ver ya el sexo del bebé y el dijo que sería complicado pero que igual les podría dar un resultado con 70% de seguridad.

Al momento de realizar el ultrasonido el doctor les dio la noticia al instante – Señor, este embarazo es múltiple, hay dos fetos aquí – Después de su última experiencia de hacía 21 años, me puedo imaginar la cara de Don Alejandro al enterarse de la noticia.

Tiempo después los resultados del ultrasonido llegaron a las manos de Don Alejandro y su esposa, no sé exactamente porque vía. Ya sabía que venían los hijos ocho y nueve de la familia sólo falta ver que sexo iban a tener. Después de siete mujercitas, Don Alejandro posiblemente pensó que al ver que uno de los bebés era niña era un reto del destino, pero cuando se dio cuenta de que por fin el otro bebé iba a ser varón, seguro que dibujó una sonrisa en su rostro igual que la que tenía al momento de contarme esta parte de la historia.

Por fin después de siete niñas, don Alejandro iba a tener a su varoncito. Si vendrán las desveladas, como cuando nacieron las trillizas en las cuales don Alex me dijo que pasó más de un mes seguido sin dormir porque siempre había una de ellas llorando, si vendrán más gastos, si vendrán posiblemente tiempos difíciles, pero Si, también vendrá el primer varón de la familia Ortiz y esa noticia llena de orgullo a Don Alejandro.

Por cierto, ya apalabró a las siete hijas para que entre todas se encarguen de sus hermanitos por venir y que él pueda descansar bien, para manejar su taxi.