miércoles, 26 de agosto de 2009

Tiene 31 años y la traigo loca




Don Martín tendría unos setenta años como mínimo. Su piel arrugada me recordaba a aquellas fotos de ancianos que han hecho famosos a varios fotógrafos como Sebastián Salgado entre otros. Su rostro se veía acabado, la barba blanca de dos días tenía que estar ahí porque le costaba mucho trabajo rasurarse con tanta arruga además contrastaba con su piel morena oscura.. Su cabello era cano también y supuse que tenía miles de historias que contar. Además, Don Martín se la pasó mascando algo todo el tiempo que duró el recorrido, ignoro si se trataba de chicle, tabaco o posiblemente un palillo o algo que no tenía que estar masticando.


-¿Hace calor verda? (sic)
- Así es – contesté – Esta insoportable. ¿Lleva mucho tiempo trabajando el día de hoy?
- Sí
- ¿Desde muy temprano?
- Sí – me dijo de nueva cuenta


Al parecer las respuestas de dos o más sílabas se habían perdido con la edad, es más estoy seguro que la parte en la que yo dije ‘Está insoportable’ para el estuvo de más, un ‘Sí’ hubiera sido más que suficiente.


Me di cuenta de que este fotogénico anciano no iba a ser motivo de una entrada para mi Blog, pero me equivoqué. Pasamos el cruce de Insurgentes que nos había tenia parados por un par de minutos. La hora de la comida es una hora pesada para los miles de taxistas que circulan por la ciudad, pero a final de cuentas sin importar lo pesado, esto repercute en trabajo y por lo mismo en dinero.


Al llegar al siguiente semáforo nos detuvimos con la luz roja. Don Martín como alertado por un sexto sentido, volteó de inmediato a ver hacia su derecha. Hice lo propio. Parada ahí en la esquina estaba una mujer alta de aproximadamente 1.65m, tez clara y el cabello teñido color rojizo. Una mujer atractiva sin duda alguna, pero lo curioso del caso es que Don Martín no dejó de verla en ningún momento. Seguía mascando lo que fuere que estuviera dentro de su boca mientras veía a la mujer. Era tal el detenimiento con el que la miraba que estuve a punto de decirle que si se la presentaba. Me contuve. El semáforo se puso en luz verde y avanzamos.


- Así tengo yo una rorrita (sic) – me dijo orgulloso mientras mascaba
- ¿Ah si? – contesté con un cierto tono de incredulidad
- Si – ya no esperaba otra palabra en su respuesta, pero no podía estar más equivocado.-Tiene treinta y un años y la traigo loca. -Concluyó.


Cuando me comentó de que tenía una ‘rorrita’ pensé que estaba hablando de una hija, luego me di cuenta de que una hija del señor con el que estaba platicando posiblemente tendría más de cincuenta años, entonces pensé en que me estaba hablando de una nieta. Pero no, su última frase me hizo darme cuenta de que él se refería a una novia.


Dentro de mi vida he conocido parejas que se llevan muchos años entre uno y otro. Tanto hombres como mujeres, de verdad que siempre he pensado que para el amor no hay edad y el hecho de estar enamorado de alguien hace que la edad pase a segundo término. Es decir, yo nunca me he acercado con una mujer atractiva y le pregunto su edad en primera instancia, posiblemente la pregunta de la edad no venga sino hasta dos o tres citas después.


Sinceramente no me podía imaginar a Don Martín con una mujer cuarenta años más joven que él. La diferencia de edad sería demasiada. Además de todo, sencillamente, las mujeres de treinta están buscando cosas muy diferentes que los hombres de setenta.


Cuando todo este torbellino de ideas pasaba por mi cabeza mis pensamientos fueron brutalmente interrumpidos por la voz de Don Martín.


- Estoy esperando que me marque, pero no lo ha hecho - me dijo algo decepcionado
- Seguro está con su novio de treinta y cinco años – pensé. Eso está mal- le dije en voz alta.
- Quien sabe donde ande
- ¿Y porqué no le marca usted?
- Porque no lo quiero dar lata.


En este momento ya no supe que decir. En algún momento mientras conversaba vía Messenger con mi amigo Rick en Inglaterra de repente pasó un largo periodo sin que me respondiera. Creo que a todos nos ha pasado eso. En cuanto le pregunté a Rick sobre el por qué no me había contestado nada, mi amigo me contestó. “I got nothing more to say” (“no tengo nada más que decir”) así me sentía en esos momentos. Sin nada más que decir.


- Tiene 31 años – me dijo de nuevo
- Si me comentó
- Y la traigo loca


Muchas veces me ha pasado lo mismo. He repetido las cosas a una sola persona y pues bueno, es parte de mi naturaleza. Lo que nunca me había sucedido es que lo hiciera en tan corto periodo de tiempo. Posiblemente cuando tenga la edad de Don Martín me pase algo similar.


- ¿Dónde la conoció?
- En una fiesta – me imaginé una fiesta de danzón o algo por el estilo y preferí quedarme con esa idea.- La vi y me encantó- agregó.
- Que gusto señor, para el amor no hay edad
- Claro que no
- Eso nos mantiene jóvenes
- Si, y antes andaba con una de veintinueve años


La verdad no se la razón por la que me sorprendió este último comentario. Lo debí de haber visto venir. Mi abuela siempre me dijo que “dime de que presumes y te diré de que careces” Creo que Don Martín era el perfecto ejemplo de esto.


- ¿Y luego, por qué cortó a la de veintinueve?, ¿acaso se portó mal?
- Sí
- Y la cortó
-Sí
- ¿y qué le dijo?
- Lloró mucho
- ¿y sólo lloró o le dijo algo?
- Sólo lloró


En esta entrevista ya había hecho algo que no se debe de hacer. En mis clases de Radio y de Periodismo cuando vemos la clase de entrevista le enseño a mis alumnos las técnicas básicas para poder realizar una entrevista efectiva. Yo ya había roto dos reglas, la primera era evitar preguntas que pudieran ser contestadas de manera cerrada. En mi viaje con Don Martín ya me había llevado muchos “Sí” como respuesta. La otra regla era evitar las famosas “leading questions” y ya llevaba dos también.


- ¿Cuándo empezó a andar con la otra mujer? – Al menos el ‘Sí’ aquí ya no aplicaba.
- Poquito después
- Bien
- Tiene treinta y un años
- Si, me dijo
- Y la traigo loca


En ese momento Don Martín llegó enfrente de mi casa. Le pedí que se detuviera. Me sorprendió que en sólo una ocasión le comenté a dónde íbamos, justo cuando me subí al taxi. Le di las instrucciones y las recordó al pie de la letra y nunca me preguntó sobre como llegar de nueva cuenta. Saqué el dinero y pegué lo que decía el taxímetro.


- Muchas gracias mi jefe, ¿Cómo se llama?
- Yazmín – Me quedé extrañado, era un nombre muy extraño para un hombre
- No, señor, ¿Cómo se llama usted?
- Ah, Martín, Yazmín es mi rorrita.
- Me imaginé Don Martín
- Tiene treinta y un años
- lo sé, y seguro la trae loquita.
- Sí, ¿cómo lo supo?

miércoles, 19 de agosto de 2009

De Ángeles

El sol de la tarde caía con aplomo sobre la Ciudad de México. Muchas personas caminaban las aceras de Insurgentes buscando un lugar con un poco de sombra, o bien, tan sólo llegar a la estación de Metrobus más cercana para encontrar esa guarida tan anhelada y de paso de comenzar su camino regreso a casa.

De los cientos de taxis que pasaban sobre esta tan importante avenida de nuestra capital sólo uno sería mi elegido para el viaje de hoy. Como siempre, deje pasar varios, algunos incluso se paraban a mi lado puesto que su experiencia les dictaba que yo estaba ahí con el firme propósito de subirme a uno de estos autos. Por fin escogí uno, levanté la mano y se paró junto a mí, abrí la puerta y me metí al vehículo

-Buenas tardes – le dije cordialmente
- Buenas tardes – contestó

El chofer tendría unos cuarenta años, cabello semi cano, frente amplia y portaba una playera común y corriente y un pantalón de vestir café. Me preguntó que adónde nos dirigíamos, le contesté que a la Lomas de Chapultepec. Iba a la estación de radio donde trabajo.

En el camino el sol parecía que aumentaba su intensidad. La gente en las aceras se veía agotada. Hombres y mujeres esperando en las esquinas poder cruzar la calle y abanicándose con lo que trajeran en la mano. Documentos, carpetas, o incluso algunos hasta con las manos. – ¿Hace mucho calor verdad? Le pregunté al chofer. – Sí – me contestó sin ni siquiera hacer un gesto en su rostro. No dijo nada más. Este era sin duda una de esas personas de pocas palabras, personas que no pueden entablar una conversación con alguien, pero no me iba a rendir.

- ¿Cómo va la chamba jefe? – le dije esperando a lo mucho dos palabras como respuesta
- Mal, a penas he sacado 300 pesos hoy, tengo que ponerle gasolina y tengo que pagarle 280 al dueño del taxi.

La respuesta del chofer me sorprendió, fueron muchas más palabras de las que esperaba. Lo que no me sorprendió es que la chamba estuviera mal, no era el primer taxista que me decía que el trabajo no estaba bien. Al preguntarle sobre el porque de la escasa ganancia me contestó que era porque los niños estaban de vacaciones, no era el primero en decirme eso tampoco, muchos de los trabajadores del volante con los que había conversado estaban ansiosos de que los niños regresaran a las escuelas para que así el volumen de trabajo creciera considerablemente. Hay que recordar que en tiempos de calendario escolar hay los mismos taxis que en tiempos de vacaciones y obvio que el nivel de ganancias se reduce considerablemente cuando los niños están guardados en sus casas enajenados con los juegos de vídeo.

- Bueno, ¿Pero si va a mejorar, verdad? – le pregunté tratando de alargar la conversación
- Si – Me dijo, de nuevo cortante.

Sin duda alguna no iba a poder exprimirle mucho a este sujeto. Fue entonces cuando recordé una cita que Paulo Coelho que tuve a bien encontrarme ese día en la oficina…

“...pero déjate perder por las calles, caminar por las callejuelas, sentir la libertad de estar buscando algo que no sabes lo que es, pero que –con toda seguridad—encontrarás y cambiará tu vida.”

Posiblemente no venga al caso la cita con lo que estaba sucediendo en esos momentos en el interior del taxi. Simplemente recordé ese tan lindo detalle del texto de “Viajar de Forma Diferente” que si lo analizamos a la perfección si pudo haber aplicado. A final de cuentas la vida es ese viaje en el que estamos buscando algo, muchas personas si saben lo que es, para muchas otras es un total misterio. Siempre he pensado que los hombres (como especie, no como género) siempre estamos en búsqueda de la felicidad, que como dice el maestro Coelho, seguramente encontraremos y cambiará nuestra vida.

Justo estaba pensando en eso cuando sucedió un milagro. En el cruce de Insurgentes y División del Norte, ahí cuando esta calle pierde este nombre para convertirse en Nuevo León. Una luz roja detuvo nuestro camino. Yo seguía pensando en ese detalle, mientras afuera los comerciantes informales de alegrías, aguas, gomitas y juguetes hacían el intento por vender algo más, a quienquiera que fuera. Un niño de aproximadamente unos cinco años se acercó a nuestro callado amigo detrás del volante. El niño con cierto temor le extendió la mano, entrando con dificultad por la ventanilla que debido al calor se encontraba hasta abajo. El chofer se volteó, pero no para negarle la limosna. Buscó entre sus monedas que tenía en el cenicero del auto y sacó una de cinco pesos. Se la dio al niño y este le sonrió. Sus dientes eran muy blancos y su cara sucia llena de tierra y su pelo desaliñado contrastaban increíblemente con esa dentadura. Esa sonrisa fue la única manera que tuvo el niño de decirle gracias al buen hombre al volante. No alcancé a ver el gesto del chofer en el retrovisor, pero quiero creer que le sonrió también. El niño corrió rumbo a la esquina feliz con su moneda de cinco pesos.

Me quedé callado. Simplemente no podía creer lo que había visto, como dije anteriormente, creo que se trataba de un milagro. Unos cuantos minutos antes, mi chofer se había quejado de la falta de trabajo y de lo poco que había ganado ese día. Sin embargo se dio la oportunidad de compartir su dinero con ese niño que le pagó con una sonrisa. Sin hacer gesticulación alguna, avanzó en cuanto se puso el semáforo en verde.

Me quedé pensativo, ya ni siquiera hice el intento por platicar con el chofer. El resto del camino me la pasé dándole vueltas en la cabeza a la situación. Estoy seguro que era un ángel, un ángel que se apoderó del cuerpo del chofer justo cuando el niño se apareció en la ventana. Siempre he pensado que la ciudad está llena de ángeles, que no aparecen de la nada, sino que se apoderan de nuestros cuerpos para hacer acciones que posiblemente de otra manera no seríamos capaces de realizar. Decidí convertirme en ángel ese día.

Unas cuantas horas antes le pedí a mi amigo Roberto que me prestara 100 pesos para pagar mi taxi de la Colonia del Valle a las Lomas de Chapultepec. Me había quedado sin efectivo y no quería perder el tiempo en ir al cajero más cercano que estaba como a diez cuadras de la oficina. Roberto me prestó el dinero. Esos 100 pesos divididos en dos billetes de 50, era todo el efectivo que traía.

Mientras avanzábamos por viaducto y luego periférico volteaba constantemente a ver cuando indicaba el taxímetro. Ya pasaba de los 35 pesos cuando entramos a las lomas. El chofer me dirigió la palabra por primera vez en los últimos veinte minutos. Me preguntó por donde irnos y le contesté, sin hacerle mucha fiesta a su intervención. Cuando llegamos a la estación de radio unos minutos después de di cuenta de que el taxímetro indicaba 51.87. Le extendí los dos billetes de 50. Al recibirlos inmediatamente me regresó uno. Me negué a recibirlo.

- Señor – Le dije – Su moneda de cinco pesos se multiplicó por diez, espero que siga ayudando a los niños cada vez que pueda.

El rostro del taxista era muy duro, muy recio, posiblemente era el resultado de todos los problemas por los que había pasado en su vida. Pero en ese momento, su boca se arqueó hacía abajo como haciendo un puchero, los ojos se le llenaron de lágrimas mientras seguía sosteniendo el billete de 50 en su mano que todavía apuntaba en mi dirección. – Gracias - me dijo, sin poder moverse todavía. Tomé su mano, arrugué el billete en su puño y lo apreté. No hubo necesidad de decir nada más. Le sonreí, así como el niño lo había hecho unos minutos antes, el me sonrió.

Baje del taxi y entré a la estación de radio, firmé mi entrada como todos los días y me sentí satisfecho por haber podido convertirme en ángel al menos por unos minutos. Ahora en mi cabeza volvía a estar esa frase de Paulo Coelho, en efecto, yo estoy en búsqueda de la felicidad como muchas personas en el mundo, y ese día, con esa frase me di cuenta de que la había encontrado. Después de mucho tiempo había descubierto eso que según Coelho podría cambiar mi vida. Maestro Coelho, no tiene ni idea de lo cierto que se convirtió ese texto, al menos para mí, en ese preciso día.

miércoles, 12 de agosto de 2009

Los tres libros

Don Jose Luis Trejo era un hombre culto. No me quedó ninguna duda. Lo primero que me dijo en cuanto se subió al taxi, es que él tenía la habilidad de hablar con cualquier persona de cualquier tema

-Para usted ¿Cuál es el tema que cuesta más trabajo hablar con las mujeres? – me preguntó casi inmediatamente de que me subí al taxi.
- Sexo- Contesté de inmediato
- Pues yo hablo de sexo con las señoritas – me dijo orgulloso – Una vez, una joven se subió al taxi y comenzamos a hablar del tema -continuó- Ella me dijo que ella quería llegar virgen al matrimonio, que quería guardarse para aquella persona especial, que no quería experimentar nada con nadie más que con el “indicado”. Al decir este última palabra don Jose Luis realmente la entrecomilló con sus demos mientras soltaba el volante en su totalidad. En esta ocasión no importaba, estábamos en un alto. – Hágame el favor – me dijo realmente consternado. Si no hace el amor antes de casarse, ¿Cómo va a saber si le gusta o no?
- Pues nunca podría saberlo- agregué
- Y luego imagínese, ¿por qué cree que las mujeres ponen el cuerno señor? Pues por eso, son señoritas que llegaron vírgenes al matrimonio y que cuando llega otra oportunidad, y la prueban se dan cuenta de que nunca han experimentado un orgasmo y de lo que se han perdido.

Yo seguía escuchando a Don José Luis con toda atención. Mire mi buen – me dijo – si tan sólo todos los mexicanos leyéramos tres libros en nuestra vida – ¿lee mucho usted? – le interrumpí. Claro que me gusta leer amigo- contestó orgulloso- Me aviento un libro a la semana y he repetido varios libros en mi vida. Don José Luis debe de tener como 60 años, en efecto se veía una persona culta, llena de valores y principios. Los ojos bajo esos lentes con el vidrio más grueso que una botella como comenté en la entrada anterior parecían que lejos de ayudarle a ver, se lo impedían.

Don Jose Luis continuó. Son tres libros, los más importantes que hay, y ¿sabe cuánta gente los ha leído los tres?- me preguntó. ¿Nadie? – contesté preguntando. No, claro que varias personas han leído todos, pero son muy pocos, somos muy pocos los que los hemos hecho.

-¿Y cuáles son esos tres libros?- pregunté ahora con mucha más curiosidad
- Se los voy a decir, pero sólo si me hace una promesa – me contestó amenazante.
- ¿Cuál es esa promesa que quiere que le haga? – le dije intrigado
- Prométamelo – me ordenó

Solté una pequeña carcajada y le dije que no podía prometer nada antes de saberlo, que me frustraría si no lo pudiera cumplir.

- Prométame que si le digo esos tres libros, los va a leer. – Me dijo, ahora con mucha mas calma incluso como si me estuviera persuadiendo de hacerlo.

Desde que tengo uso de razón me gusta la lectura. Mis dos abuelos me incitaron a hacerlo, Papá Hugo (como le digo a mi abuelo materno) por un lado, me regaló muchos libros de Julio Verne que aún conservo. Mi abuelo Ricardo (q.e.p.d) me sentaba frecuentemente a leer junto a él, paginas de los libros que él leía. Como añoro esas épocas con mi abuelo.
- Creo que es una promesa que puedo cumplir – le dije.

Muy bien – me dijo aliviado- entonces le puedo decir cuales son esos tres libros. El primero de ellos es… Y me volteó a ver como esperando que yo se lo dijera, no supe que decir – Don Quijote – me aventuré, recordando el juego de las delegaciones y sus códigos postales. No señor – me contestó como orgulloso de que sólo él conocía el secreto – La Biblia.

-¿Sabe que La Biblia es el libro con más impresiones en la historia? Me preguntó.

Siendo maestro de universidad tenía que saber que lo que Don José Luis argumentaba era cierto.

-Lo sé – le contesté.

En ese libro vienen todas las enseñanzas que Dios nos ha dejado. Sin importar el tiempo, si la lee con cuidado, estoy seguro que va a encontrar situaciones que le resultarán similares con varios momentos de su vida. Desde el Génesis hasta el Apocalipsis.

Comenzamos a platicar un poco sobre la Biblia, sobre lo que significaba como un signo de Fe, la pasión con la que Don José Luis hablaba era sublime. De no verlo detrás del volante hubiera pensado que se trataba de un padre o de posiblemente algún religioso tratando de convencerme de convertirme en católico.

El segundo libro que tiene que leer, tiene que ver con las leyes – me dijo- ¿Tiene idea de cuál es? - Me preguntó. La Constitución - le dije seguro de que mi respuesta iba a ser la correcta en esta ocasión. Exactamente, la Constitución – ahí vienen todas las leyes de nuestro país, y de verdad que son pocas personas las que se han puesto a leerla con cuidado y detenimiento.

Dialogamos ahora sobre la vigencia de las leyes que ahí aparecen, sobre los encargados de crear las leyes que por ética profesional no pienso mencionar en este espacio ya que mi mamá me dejó muy claro que si no tengo nada bueno de decir de alguien que mejor me quedara callado. Pasaron dos o tres semáforos del conflictivo Eje Central. Cada vez nos acercábamos más a Bellas Artes que era donde me tenía que bajar. Alcanzaba a ver ya la torre latinoamericana del lado derecho. Miles de personas caminando libremente por las aceras sin necesidad de estar esquivando ambulantes.

El tercer libro – continuó - ¿Cuál cree que sea?
- No tengo idea – contesté un poco decepcionado de mi imaginación, y la verdad no creí que El Quijote fuera a ganar esta vez tampoco.

Don José Luis levantó la cubierta de alfombra que protegía su tablero de los inclementes rayos del sol. Debajo de ella estaba un libro blanco muy pequeño, que sacó cuidadosamente.

-Este es el tercer libro – Me dijo emocionado – El reglamento de tránsito.
-¿Me quiere decir que de todos los libros que se han publicado en el mundo el reglamento de tránsito es el tercero que todos tenemos que leer? – Le pregunté incrédulo.
- Claro. No sólo sirve para mantener orden en las calles señor. Sirve para mantener orden en nuestras vidas. Por ejemplo, rojo significa alto ¿o no?. Si usted está con una mujer y ella le dice que alto, se tiene que detener, justo como cuando hay una luz roja en la calle. Si no se detiene puede haber un accidente y posiblemente sea un accidente fatal. Si el reglamento de tránsito dice que lo primero es el peatón, no es por nada. En nuestra vida tenemos que encontrar a los peatones que tienen la preferencia por sobre todos los demás. Si el reglamento nos dice que los autos no tienen que subirse a las banquetas, también es porque en nuestra vida no podemos andar caminando por donde no debemos.

Las analogías entre el Reglamento de Tránsito y la vida diaria cada segundo cobraban más sentido. Don José Luis estaba en lo correcto. Si tan sólo todo el mundo pudiera leer este tercer libro y de hacerlo si tan sólo todos pudiéramos entender estas analogías.

Llegamos a Palacio De Bellas artes, don José Luis se detuvo para que yo me bajara, lo hice. Le pagué como siempre más propina de la requerida, por el buen momento que me había hecho pasar. Me bajé del auto, cerré la portezuela y comencé a alejarme. Justo en ese momento un par de policías se acercaron al auto de Don José Luis. Regresé al auto. Abrí de nuevo la puerta y le pregunté que si todo estaba bien. Los dos policías (un hombre y una mujer) estaban tratando de morder a Don José Luis por haber hecho parada en Eje Central (poco más tarde ese mismo día escuché en el radio que a partir del día anterior estaba prohibido) Don José Luis se notaba triste, como intimidado por los policías. Cuidadosamente saque un billete de 200 pesos, lo doblé en mi mano y me dirigí a Don José Luis.

- Mi jefe, muchas gracias de nuevo por la plática, estuvo genial.

Le di mi mano y dejé el billete en su mano sin que los oficiales que me estaban viendo más que feo se dieran cuenta. Cerré de nuevo la puerta y me retiré.

Ya no supe si es que Don José Luis logró salirse de ese embrollo. No se si es que tuvo que utilizar la propina que le di en primera instancia o ese billete de doscientos para librarse de los policías. Pero al menos haya pasado lo que haya pasado me sentí bien por ayudarlo como mejor pude. Lo irónico de la vida. A José Luis lo estaban infraccionando por una ley que todavía no había sido añadida al reglamento de tránsito que tanto alababa. Sin Palabras.

miércoles, 5 de agosto de 2009

De Códigos Postales

Esta semana ha sido un poco caótica, pero a la vez llena de ilusiones. La vida como diría Forrest Gump es como una caja de chocolates, nunca sabes lo que te va a tocar, y a mi creo que ya me tocó, uno muy bueno, posiblemente de los mejores. La envoltura es color verde y su sabor es como el de aquellos chocolates Belgas, increíble.

Mientras sigo disfrutando de mi chocolate recuerdo que hace algún tiempo, cuando pedí un Taxi para ir rumbo al centro de la ciudad un tsuru (así es otro tsuru en el Blog), el chofer me recibió con la clásica al momento de subirme: - A dónde mi jefe – Sin dudarlo contesté apresuradamente –al centro por favor-. No se cómo ni porque me preguntó el código postal del lugar al que íbamos, yo no lo sabía, es más, no tengo ni la más remota idea de cual es el código postal de dónde trabajo ahora. Cuando le contesté que no tenía ni idea del código postal se mostró indignado, como era posible que no me supiera los códigos postales me cuestionó.

A ver mi jefe – me dijo- fíjese, cuando yo era muy chiquito decidí aprenderme de memoria todas las zonas postales que había en la Ciudad de México, no se si sepa, pero por ejemplo, al centro, dónde vamos era la zona postal 1, la colonia del valle era la zona postal 12. Pero entonces, no se a que funcionario se le ocurrió deshacerse de los códigos postales sin ninguna justificación y entonces puso los códigos postales.

Yo escuchaba al señor con suma atención. Su cabello era negro, pero con ya bastantes canas que se asomaban por ahí. Era de tez morena y usaba unas gafas como esas que les dicen de fondo de botella. Además tenía un muy particular modo de manejar su taxi, casi encima del volante, luego noté, que esa característica era porque era muy bajito de estatura y posiblemente el problema visual, también era la causa de ese tan peculiar estilo.

Y luego joven – continuó – que digo “si me aprendí todas las zonas postales, porque no aprenderme los códigos postales” y que lo empiezo a hacer. Fue entonces cuando noté algo mi jefe, de repente me di cuenta que todos los códigos postales de donde yo vivía comenzaban con el mismo número y entonces comencé a recorrer la ciudad buscando el resto de los códigos postales, y me di cuenta de que tenían una lógica bárbara.

Intrigado, le pregunté que cual era esa lógica, era imperativo que lo hiciera, estarán de acuerdo – Es muy fácil jefe, usted se las sabe – me contestó – A ver, cual es la primera delegación en orden alfabético del DF – me preguntó – Álvaro Obregón, respondí sin dudar, ahí estaba mi casa. – Así es- Álvaro Obregón, y con que número empieza su código postal (¡Esa respuesta también me la sabía!) con 01 - contesté.

El señor se mostraba feliz de que hubiera contestado a la perfección su primer pregunta y prosiguió: ¿A ver, cual sigue, en orden alfabético? –Benito Juárez, contesté emocionado. ¡No! A ver, ¿se acuerda donde estaba la refinería de PEMEX? – me preguntó – En Azcapotzalco – corregí rápidamente. ¡Eso es! Contestó emocionado, ¡sus códigos postales empiezan con 02!

Al parecer al señor le gustaba ese juego. No se con cuantas personas lo había hecho, o si era yo el primero en caer en él, la verdad no me arrepiento, la estaba pasando bien en el tráfico de eje central. –Ahora si viene Benito Juárez, donde lo recogí, ¿qué código postal tiene señor? – 03100 – contesté, ¡ya ve! – me replicó, usted también sabe. Nos vamos al 04, ¿Qué delegación sigue después de Benito Juárez? A decir verdad ignoraba esa respuesta. –No pues no se- le contesté decepcionado. ¡No diga que no sabe! ¡Sí se las sabe! Me dijo como retándome – a ver, los viveros de… ¡Coyoacán! – lo interrumpí. Bien, ya ve como si se las sabe, nunca diga que no sabe algo que si sabe. Los códigos postales de Coyoacán empiezan con 04. ¿Luego cúal? – Prosiguió – Me quedé callado, no lo sabía, pero ya no quería decir que no lo sabía. – Allá por la salida a Toluca, esta la delegación… ¡Cuajimalpa! Contesté emocionado, cual niño que por fin se supo una adivinanza o bien como en aquellas épocas de la primaria cuando el maestro te guía de la mano para que tu deduzcas por ti mismo la respuesta. –Eso es, bien hecho- me alentó- Cuajimalpa empieza con 05, ¿luego cual viene? Ni idea mi jefe – contesté decepcionado. ¿A dónde vamos? Me preguntó ahora. Al centro – respondí- y el centro está en la delegación… ¡Cuauhtémoc! Le volvía a atinar. Así es- me dijo- lo códigos postales de la delegación Cuahutémoc empiezan con 06.

El juego continuó por varios minutos más, seguimos con la delegación Gustavo A. Madero cuyos códigos postales empiezan con 07. Recordé con cariño a mi amigo Carlos qué vivió toda su vida por ahí y sí, en efecto me acordaba que su código postal empezaba con 07. Luego Iztacalco, con el código postal que empezaba con 08. La que seguía era sencilla. Además de que estaba muy cerca de Iztacalco también comenzaba con I, así es, adivinaron, Iztapalapa era la siguiente y sus códigos postales empezaban con 09.

Cuando me preguntó cuan era la 10, volví a poner mi cara de ignorante. Y fue entonces cuando me preguntó: A ver mi jefe, allá por el sudponiente, corre un río que ya está muy contaminado. Ignoraba la historia del río, pero recordé que mi amigo Rafa vivía en la delegación Magdalena Contreras, y se lo dije. ¡Muy bien! Me contestó emocionado. Luego- continuó- una que está por ahí por donde lo recogí, acuérdese, sigue el 11 eh! - Esta si me la sabía, la estación de radio en la que trabajo está en la delegación ¡Miguel Hidalgo! Y Cual niño que ya llevaba dos respuestas acertadas de manera consecutiva, ya ansiaba que me preguntara la siguiente. Con 12 mi jefe, allá por el sur también, ¿Cuál sigue? Busque y busque en la memoria interna de mi disco duro (o sea mi cabeza) y no encontré ese dato. Vamos señor, si se la sabe – me dijo como retando – como iluminado en ese momento me atreví a decir: Milpa Alta.

El señor se volvió a emocionar, pero creo que por estar viendo los coches de enfrente en el eje central nunca se dio cuenta de que yo estaba más emocionado de él, no podía esperar saber cual era la delegación que seguía, a que zona de la ciudad le había tocado el número 13. A ver señor ¿cuál sigue?, también por el sur, pero por el otro lado. Sin dudarlo, conseguí mi cuarto acierto de manera consecutiva: ¡Tláhuac! Así es mi jefe, ¿ya ve como si se las sabe? La que sigue es fácil, con 14, es la delegación… ¡Tlalpan! - Grité emocionado. Eso es – continuó- Sólo nos faltan dos, ¿Cuál es la delegación cuyos códigos postales empiezan con 15? – Me preguntó como si estuviera en programa de concursos, muy por dentro de mi podía escuchar la música de Jeopardy. Estuve tentado a contestar: “¿Qué es la delegación Venustiano Carranza?”, pero decidí decir solamente mientras sonreía: Venustiano Carranza. El señor soltó el volante un poco para dar tres aplausos, yo me sentí como niño chiquito concursando con Chabelo, de verdad que ya estaba esperando el momento de las catapixias (¿así se escribe?). Y la última mi jefe, ¿Qué delegación tiene sus códigos postales con el número 16 al inicio? Esa ya era fácil, - Xochimilco – contesté. Había respondido correctamente las últimas siete delegaciones. ¡Si me las sabía!

El señor sonreía, posiblemente pensando que ese día ya había valido mucho la pena en su vida. Le había enseñado a alguien dos cosas, primero el orden de los códigos postales, y la segunda a no decir que no sabía, porque a final de cuentas si me sabía todas las respuestas.

La plática continuó por otro bien rato, el tráfico en el eje central estaba muy cargado, lo cual no me molestó, porque eso me daba oportunidad a seguir platicando con el chofer de mi taxi. Lamentablemente las delegaciones se habían terminado, pero comenzamos a platicar de otro tema, uno muy interesante por supuesto. Tema del cual platicaré en otra ocasión. Cuando nos acercábamos a nuestro destino le pregunté si es que le gustaba el béisbol. – Claro- Me gustan todos los deportes señor. Le pregunté su nombre. –Jose Luis Trejo- me contestó. ¡Así como el entrenado de futbol! - le dije asombrado – así es, sólo que gano mucho menos, me dijo sonriendo.

Le prometí que ese día por la noche, le iba a mandar un saludo al aire en la transmisión de béisbol de los Diablos Rojos del México. Lo hice.

No se si Don Jose Luis escuchó el saludo. Sólo se que ese día, gracias a Dios que lo puso en mi camino, y a él, que resultó ser un gran maestro, aprendí dos cosas, esas mismas que trató de ensañarme. A saber como se designaron los códigos postales, y a nunca darme por vencido y decir no se, antes de tiempo.