
Don Martín tendría unos setenta años como mínimo. Su piel arrugada me recordaba a aquellas fotos de ancianos que han hecho famosos a varios fotógrafos como Sebastián Salgado entre otros. Su rostro se veía acabado, la barba blanca de dos días tenía que estar ahí porque le costaba mucho trabajo rasurarse con tanta arruga además contrastaba con su piel morena oscura.. Su cabello era cano también y supuse que tenía miles de historias que contar. Además, Don Martín se la pasó mascando algo todo el tiempo que duró el recorrido, ignoro si se trataba de chicle, tabaco o posiblemente un palillo o algo que no tenía que estar masticando.
-¿Hace calor verda? (sic)
- Así es – contesté – Esta insoportable. ¿Lleva mucho tiempo trabajando el día de hoy?
- Sí
- ¿Desde muy temprano?
- Sí – me dijo de nueva cuenta
Al parecer las respuestas de dos o más sílabas se habían perdido con la edad, es más estoy seguro que la parte en la que yo dije ‘Está insoportable’ para el estuvo de más, un ‘Sí’ hubiera sido más que suficiente.
Me di cuenta de que este fotogénico anciano no iba a ser motivo de una entrada para mi Blog, pero me equivoqué. Pasamos el cruce de Insurgentes que nos había tenia parados por un par de minutos. La hora de la comida es una hora pesada para los miles de taxistas que circulan por la ciudad, pero a final de cuentas sin importar lo pesado, esto repercute en trabajo y por lo mismo en dinero.
Al llegar al siguiente semáforo nos detuvimos con la luz roja. Don Martín como alertado por un sexto sentido, volteó de inmediato a ver hacia su derecha. Hice lo propio. Parada ahí en la esquina estaba una mujer alta de aproximadamente 1.65m, tez clara y el cabello teñido color rojizo. Una mujer atractiva sin duda alguna, pero lo curioso del caso es que Don Martín no dejó de verla en ningún momento. Seguía mascando lo que fuere que estuviera dentro de su boca mientras veía a la mujer. Era tal el detenimiento con el que la miraba que estuve a punto de decirle que si se la presentaba. Me contuve. El semáforo se puso en luz verde y avanzamos.
- Así tengo yo una rorrita (sic) – me dijo orgulloso mientras mascaba
- ¿Ah si? – contesté con un cierto tono de incredulidad
- Si – ya no esperaba otra palabra en su respuesta, pero no podía estar más equivocado.-Tiene treinta y un años y la traigo loca. -Concluyó.
Cuando me comentó de que tenía una ‘rorrita’ pensé que estaba hablando de una hija, luego me di cuenta de que una hija del señor con el que estaba platicando posiblemente tendría más de cincuenta años, entonces pensé en que me estaba hablando de una nieta. Pero no, su última frase me hizo darme cuenta de que él se refería a una novia.
Dentro de mi vida he conocido parejas que se llevan muchos años entre uno y otro. Tanto hombres como mujeres, de verdad que siempre he pensado que para el amor no hay edad y el hecho de estar enamorado de alguien hace que la edad pase a segundo término. Es decir, yo nunca me he acercado con una mujer atractiva y le pregunto su edad en primera instancia, posiblemente la pregunta de la edad no venga sino hasta dos o tres citas después.
Sinceramente no me podía imaginar a Don Martín con una mujer cuarenta años más joven que él. La diferencia de edad sería demasiada. Además de todo, sencillamente, las mujeres de treinta están buscando cosas muy diferentes que los hombres de setenta.
Cuando todo este torbellino de ideas pasaba por mi cabeza mis pensamientos fueron brutalmente interrumpidos por la voz de Don Martín.
- Estoy esperando que me marque, pero no lo ha hecho - me dijo algo decepcionado
- Seguro está con su novio de treinta y cinco años – pensé. Eso está mal- le dije en voz alta.
- Quien sabe donde ande
- ¿Y porqué no le marca usted?
- Porque no lo quiero dar lata.
En este momento ya no supe que decir. En algún momento mientras conversaba vía Messenger con mi amigo Rick en Inglaterra de repente pasó un largo periodo sin que me respondiera. Creo que a todos nos ha pasado eso. En cuanto le pregunté a Rick sobre el por qué no me había contestado nada, mi amigo me contestó. “I got nothing more to say” (“no tengo nada más que decir”) así me sentía en esos momentos. Sin nada más que decir.
- Tiene 31 años – me dijo de nuevo
- Si me comentó
- Y la traigo loca
Muchas veces me ha pasado lo mismo. He repetido las cosas a una sola persona y pues bueno, es parte de mi naturaleza. Lo que nunca me había sucedido es que lo hiciera en tan corto periodo de tiempo. Posiblemente cuando tenga la edad de Don Martín me pase algo similar.
- ¿Dónde la conoció?
- En una fiesta – me imaginé una fiesta de danzón o algo por el estilo y preferí quedarme con esa idea.- La vi y me encantó- agregó.
- Que gusto señor, para el amor no hay edad
- Claro que no
- Eso nos mantiene jóvenes
- Si, y antes andaba con una de veintinueve años
La verdad no se la razón por la que me sorprendió este último comentario. Lo debí de haber visto venir. Mi abuela siempre me dijo que “dime de que presumes y te diré de que careces” Creo que Don Martín era el perfecto ejemplo de esto.
- ¿Y luego, por qué cortó a la de veintinueve?, ¿acaso se portó mal?
- Sí
- Y la cortó
-Sí
- ¿y qué le dijo?
- Lloró mucho
- ¿y sólo lloró o le dijo algo?
- Sólo lloró
En esta entrevista ya había hecho algo que no se debe de hacer. En mis clases de Radio y de Periodismo cuando vemos la clase de entrevista le enseño a mis alumnos las técnicas básicas para poder realizar una entrevista efectiva. Yo ya había roto dos reglas, la primera era evitar preguntas que pudieran ser contestadas de manera cerrada. En mi viaje con Don Martín ya me había llevado muchos “Sí” como respuesta. La otra regla era evitar las famosas “leading questions” y ya llevaba dos también.
- ¿Cuándo empezó a andar con la otra mujer? – Al menos el ‘Sí’ aquí ya no aplicaba.
- Poquito después
- Bien
- Tiene treinta y un años
- Si, me dijo
- Y la traigo loca
En ese momento Don Martín llegó enfrente de mi casa. Le pedí que se detuviera. Me sorprendió que en sólo una ocasión le comenté a dónde íbamos, justo cuando me subí al taxi. Le di las instrucciones y las recordó al pie de la letra y nunca me preguntó sobre como llegar de nueva cuenta. Saqué el dinero y pegué lo que decía el taxímetro.
- Muchas gracias mi jefe, ¿Cómo se llama?
- Yazmín – Me quedé extrañado, era un nombre muy extraño para un hombre
- No, señor, ¿Cómo se llama usted?
- Ah, Martín, Yazmín es mi rorrita.
- Me imaginé Don Martín
- Tiene treinta y un años
- lo sé, y seguro la trae loquita.
- Sí, ¿cómo lo supo?

Simplemente me encanto, muy buena como todas.
ResponderEliminarRealmente muy buen relato, yo tengo la teoría que los taxistas son algo así como los psicólogos del pueblo, bueno Don Martín como que no aplica para eso. Ya estás en mis links querido Rod.
ResponderEliminarAbrazos,
Claudia
De tanto observar, observar, observar, observar, observar y observar a tanto carajo ser humano, puedo concluir que un taxista es un pequeño sabio enlatado que brinda su sabiduria a petición del pasaje, ¡y la cobra con taximetro!, es como un cantinero movil (claro las copas ya las trae él), procura un recorrido de tu casa al Estado de México y tendras para escribir un libro, presiento que ese viejito daba para más, saludos.
ResponderEliminar(pd. soy anonimo por falta de paciencia)