miércoles, 19 de agosto de 2009

De Ángeles

El sol de la tarde caía con aplomo sobre la Ciudad de México. Muchas personas caminaban las aceras de Insurgentes buscando un lugar con un poco de sombra, o bien, tan sólo llegar a la estación de Metrobus más cercana para encontrar esa guarida tan anhelada y de paso de comenzar su camino regreso a casa.

De los cientos de taxis que pasaban sobre esta tan importante avenida de nuestra capital sólo uno sería mi elegido para el viaje de hoy. Como siempre, deje pasar varios, algunos incluso se paraban a mi lado puesto que su experiencia les dictaba que yo estaba ahí con el firme propósito de subirme a uno de estos autos. Por fin escogí uno, levanté la mano y se paró junto a mí, abrí la puerta y me metí al vehículo

-Buenas tardes – le dije cordialmente
- Buenas tardes – contestó

El chofer tendría unos cuarenta años, cabello semi cano, frente amplia y portaba una playera común y corriente y un pantalón de vestir café. Me preguntó que adónde nos dirigíamos, le contesté que a la Lomas de Chapultepec. Iba a la estación de radio donde trabajo.

En el camino el sol parecía que aumentaba su intensidad. La gente en las aceras se veía agotada. Hombres y mujeres esperando en las esquinas poder cruzar la calle y abanicándose con lo que trajeran en la mano. Documentos, carpetas, o incluso algunos hasta con las manos. – ¿Hace mucho calor verdad? Le pregunté al chofer. – Sí – me contestó sin ni siquiera hacer un gesto en su rostro. No dijo nada más. Este era sin duda una de esas personas de pocas palabras, personas que no pueden entablar una conversación con alguien, pero no me iba a rendir.

- ¿Cómo va la chamba jefe? – le dije esperando a lo mucho dos palabras como respuesta
- Mal, a penas he sacado 300 pesos hoy, tengo que ponerle gasolina y tengo que pagarle 280 al dueño del taxi.

La respuesta del chofer me sorprendió, fueron muchas más palabras de las que esperaba. Lo que no me sorprendió es que la chamba estuviera mal, no era el primer taxista que me decía que el trabajo no estaba bien. Al preguntarle sobre el porque de la escasa ganancia me contestó que era porque los niños estaban de vacaciones, no era el primero en decirme eso tampoco, muchos de los trabajadores del volante con los que había conversado estaban ansiosos de que los niños regresaran a las escuelas para que así el volumen de trabajo creciera considerablemente. Hay que recordar que en tiempos de calendario escolar hay los mismos taxis que en tiempos de vacaciones y obvio que el nivel de ganancias se reduce considerablemente cuando los niños están guardados en sus casas enajenados con los juegos de vídeo.

- Bueno, ¿Pero si va a mejorar, verdad? – le pregunté tratando de alargar la conversación
- Si – Me dijo, de nuevo cortante.

Sin duda alguna no iba a poder exprimirle mucho a este sujeto. Fue entonces cuando recordé una cita que Paulo Coelho que tuve a bien encontrarme ese día en la oficina…

“...pero déjate perder por las calles, caminar por las callejuelas, sentir la libertad de estar buscando algo que no sabes lo que es, pero que –con toda seguridad—encontrarás y cambiará tu vida.”

Posiblemente no venga al caso la cita con lo que estaba sucediendo en esos momentos en el interior del taxi. Simplemente recordé ese tan lindo detalle del texto de “Viajar de Forma Diferente” que si lo analizamos a la perfección si pudo haber aplicado. A final de cuentas la vida es ese viaje en el que estamos buscando algo, muchas personas si saben lo que es, para muchas otras es un total misterio. Siempre he pensado que los hombres (como especie, no como género) siempre estamos en búsqueda de la felicidad, que como dice el maestro Coelho, seguramente encontraremos y cambiará nuestra vida.

Justo estaba pensando en eso cuando sucedió un milagro. En el cruce de Insurgentes y División del Norte, ahí cuando esta calle pierde este nombre para convertirse en Nuevo León. Una luz roja detuvo nuestro camino. Yo seguía pensando en ese detalle, mientras afuera los comerciantes informales de alegrías, aguas, gomitas y juguetes hacían el intento por vender algo más, a quienquiera que fuera. Un niño de aproximadamente unos cinco años se acercó a nuestro callado amigo detrás del volante. El niño con cierto temor le extendió la mano, entrando con dificultad por la ventanilla que debido al calor se encontraba hasta abajo. El chofer se volteó, pero no para negarle la limosna. Buscó entre sus monedas que tenía en el cenicero del auto y sacó una de cinco pesos. Se la dio al niño y este le sonrió. Sus dientes eran muy blancos y su cara sucia llena de tierra y su pelo desaliñado contrastaban increíblemente con esa dentadura. Esa sonrisa fue la única manera que tuvo el niño de decirle gracias al buen hombre al volante. No alcancé a ver el gesto del chofer en el retrovisor, pero quiero creer que le sonrió también. El niño corrió rumbo a la esquina feliz con su moneda de cinco pesos.

Me quedé callado. Simplemente no podía creer lo que había visto, como dije anteriormente, creo que se trataba de un milagro. Unos cuantos minutos antes, mi chofer se había quejado de la falta de trabajo y de lo poco que había ganado ese día. Sin embargo se dio la oportunidad de compartir su dinero con ese niño que le pagó con una sonrisa. Sin hacer gesticulación alguna, avanzó en cuanto se puso el semáforo en verde.

Me quedé pensativo, ya ni siquiera hice el intento por platicar con el chofer. El resto del camino me la pasé dándole vueltas en la cabeza a la situación. Estoy seguro que era un ángel, un ángel que se apoderó del cuerpo del chofer justo cuando el niño se apareció en la ventana. Siempre he pensado que la ciudad está llena de ángeles, que no aparecen de la nada, sino que se apoderan de nuestros cuerpos para hacer acciones que posiblemente de otra manera no seríamos capaces de realizar. Decidí convertirme en ángel ese día.

Unas cuantas horas antes le pedí a mi amigo Roberto que me prestara 100 pesos para pagar mi taxi de la Colonia del Valle a las Lomas de Chapultepec. Me había quedado sin efectivo y no quería perder el tiempo en ir al cajero más cercano que estaba como a diez cuadras de la oficina. Roberto me prestó el dinero. Esos 100 pesos divididos en dos billetes de 50, era todo el efectivo que traía.

Mientras avanzábamos por viaducto y luego periférico volteaba constantemente a ver cuando indicaba el taxímetro. Ya pasaba de los 35 pesos cuando entramos a las lomas. El chofer me dirigió la palabra por primera vez en los últimos veinte minutos. Me preguntó por donde irnos y le contesté, sin hacerle mucha fiesta a su intervención. Cuando llegamos a la estación de radio unos minutos después de di cuenta de que el taxímetro indicaba 51.87. Le extendí los dos billetes de 50. Al recibirlos inmediatamente me regresó uno. Me negué a recibirlo.

- Señor – Le dije – Su moneda de cinco pesos se multiplicó por diez, espero que siga ayudando a los niños cada vez que pueda.

El rostro del taxista era muy duro, muy recio, posiblemente era el resultado de todos los problemas por los que había pasado en su vida. Pero en ese momento, su boca se arqueó hacía abajo como haciendo un puchero, los ojos se le llenaron de lágrimas mientras seguía sosteniendo el billete de 50 en su mano que todavía apuntaba en mi dirección. – Gracias - me dijo, sin poder moverse todavía. Tomé su mano, arrugué el billete en su puño y lo apreté. No hubo necesidad de decir nada más. Le sonreí, así como el niño lo había hecho unos minutos antes, el me sonrió.

Baje del taxi y entré a la estación de radio, firmé mi entrada como todos los días y me sentí satisfecho por haber podido convertirme en ángel al menos por unos minutos. Ahora en mi cabeza volvía a estar esa frase de Paulo Coelho, en efecto, yo estoy en búsqueda de la felicidad como muchas personas en el mundo, y ese día, con esa frase me di cuenta de que la había encontrado. Después de mucho tiempo había descubierto eso que según Coelho podría cambiar mi vida. Maestro Coelho, no tiene ni idea de lo cierto que se convirtió ese texto, al menos para mí, en ese preciso día.

4 comentarios:

  1. Me gusta, aunque creo que podrías dominguear el texto mucho más para hacerlo aún más placentero de lo que ya es...

    Transmites mucho con tus textos :)

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  2. Los Ángeles existen!!! y nos hacen recordar EL MILAGRO DE LA VIDA... Excelente texto Rod y gracias por compartir ésta experiencia de vida que nos hace recordar que todos los días nos cruzamos con esos ángeles anónimos... :)

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  3. Rod, me hiciste llorar. Antes siempre daba unas monedas a los niños que me las pedían, pero he oído tanto eso de que los explotan, que ya casi no lo hago, mejor les compro comida, en Coyoacán por ejemplo casi siempre hay niños afuera de los restaurantes y ellos mismos te dicen que si les invitas unos tacos o una hamburguesa. Se que eso no les soluciona la vida, pero al menos por un día los haces felices.

    Un abrazo

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  4. La acción que tuvo el señor con el niño creo que fue muy buena, sabiendo que aún le faltaba mucho para sacar lo del día, es por eso que definitivamente los Ángeles existen y creo que tu cada que te subes a un taxi te conviertes en un Ángel para ellos, bueno no solo cuanto te subes a un taxi, siempre eres un ÁNGEL... :)

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